lunes, 22 de diciembre de 2008

Un cuento navideño

Margarita me tiene preocupada... No tengo hijas, pero sí una calathea, planta que adorna el interior de nuestra casa en un rincón preferente y que me tiene en vilo... La cuido, le hablo y la riego como merece su apariencia de ostentosa diva... Hasta he comprobado que también le gusta mi música... Ella expresa su vitalidad, supuestamente vegetal, con movimientos que al principio nos sorprendían a mi marido y a mí. Con la luz de día, sus catorce hojas, ovaladas páginas verdes de la talla DIN A4, se relajan y desentumecen con gesto sensual. Pero al atardecer empieza a alborotarse, y los folios, brillando de clorofila, se estiran hacia lo alto como si de una coqueta bailarina de flamenco se tratase. Llega la noche y ahí está, pletórica y desafiante con todas las hojas levantadas y exhibiendo el color morado de su envés, como falda al vuelo que no lleva, para lucir las piernas sexy que no tiene. También he notado que toda ella tiembla dulcemente ante una presencia masculina en la salita...
-¿Sabías que Galatea era la novia mitológica del cíclope Polifemo y que le puso los cuernos con un pastor siciliano?... Claro, que el pobre murió de una pedrada que le dio el encabronado gigante...
-No. Me suena más otra Galatea que Pigmalión esculpió en marfil y como le salió tan bella como Afrodita, se enamoró de la estatua y le pidió a la diosa Venus que le diera vida. Así se lo concedió y hasta tuvieron algunos hijos...
-De modo que a nuestra Margarita le va la marcha por razón de sus ancestros...
-Pues no pierdas de vista a la kentia que tenemos en el otro cuarto... ¡Menudo par de pendones!...
El otro día instalé el arbolito de Navidad. Un pequeño conífero que coloqué en el rincón que ocupaba la calathea, bien cargadito con adornos de colores, bolitas varias, muñecos y luces intermitentes de fibra óptica. A Margarita tuve que cambiarla de sitio, a unos dos metros del árbol.
La verdad es que el recién llegado parecía un pavo real en celo con toda su provocadora parafernalia desplegada al aire. Intuí que la hojas de Margarita comenzaron a acariciarse suavemente unas con otras como relamiéndose ante un inmediato festín. Me pareció que el arbolito temblaba asustado...
Durante un par de días, con motivo de un viaje, tuvimos que dejar la casa sola, cerradas puertas y ventanas y con todos los seguros puestos.
A nuestro regreso, la escena en la salita nos dejó abiertos de boca y con los ojos redondos del todo. El abeto estaba tendido en el suelo, medio destrozado, con todos los adornos sueltos y desparramados, muchas de sus hojitas se habían desprendido, incluso alguna rama estaba tronchada. Si hubiera tenido una cara, seguramente estaría con los ojos en blanco y la lengua fuera. Era la viva imagen de un "después" bien trabajado...
Y la otra... allí estaba. Margarita ocupando de nuevo el rincón que se le había usurpado. En pleno día y con todas las hojas iniestas en gesto de aplauso. El morado del anverso dominaba sobre el verde de la clorofila y aunque, como planta de interior, lo suyo es la penumbra, en ese momento radiante, la luz del ventanal iluminaba los girasoles que parecían ser sus hojas, bailando con suavidad y dando cara con expresión de alegría infinita.
Y la kentia... también se había movido... asomada en el umbral... cotilla pervertida...
La inútil regañina no pareció ser oída...
Saliste un poco golfa... Margarita... mi niña... Pero te quiero... Eres tan guapa...
No volveremos a dejarlos solos... ¡Feliz Navidad!...

jueves, 18 de diciembre de 2008

Árboles Cósmicos


Árboles Cósmicos
Antonia Molinero
Árboles Cósmicos que se abren desde el centro para proyectar el punto de vista dentro de un parasol multicolor, es un jardín, un lugar para la liberación. Un microcosmos para conquistar la inmortalidad, como ese Árbol del Mundo que se alza en medio del Universo como símbolo de la eterna comunicación entre el Cielo y la Tierra.
Me fijo en su virtuosa incrustación del color en la tela constituyendo un contorno atópico, centrípeto y centrífugo, disparatado, como explotado en su apertura continua hacia una exposición máxima. Juan Pedro Ayala no escatima ni una gota de pintura para que la mirada se te quede plena. Todo queda expuesto como las plantas que se abren al sol, como la hoja que se entrega a la luz. Un jardín atemporal para la contemplación y una aproximación precisa hacia lo sublime y lo bello.
En El jardín para Marián Juan Pedro Ayala comparte su pintura para regenerarse la sangre y para que no marchite nunca la flor que le brotó en la adolescencia. Un símbolo del amor donde nunca se mueren ni las flores, ni las manos, ni las ganas de explotar, ni de explorar para crear y recrear. Una construcción artística exuberante que se recrea en un regalo mítico para su amada que se posa como una mariposa exultante, ligera, plástica con sus manos escultura, con sus ojos serenos, su piel arcilla, su cara como flor, como hoja, como tallo y como luz para no olvidar que el Cielo está sólo un poco más arriba de esa copas sangrando colores como fuegos artificiales.
Árboles para llegar, como la escalera de Jacob, hasta las cimas, hasta lo más alto para ver si se ve algo, si se entiende desde arriba lo que a ras del suelo resulta imposible de asimilar. Juan Pedro Áyala se sube y dibuja, se baja y dibuja y busca un punto de vista y a veces, mira desde el epicentro y a veces, desde el hipocentro. Todo es según como se mire y el artista mira desde cualquier lugar porque en cualquier lugar está Ella.
Especulando con las copas abiertas que pinta Juan Pedro Ayala, pensando si se alejan o se acercan porque flotan en un jardín sin espacio dónde no hay tierra pero el árbol está repleto de colores. Veo que el amor queda.
Los colores se concretan sin limitarse. Un vergel en el aire para los árboles que hemos plantado y no agarran en suelo firme pero que están, porque las ilusiones embrionaron un día y el jardín está dispuesto para un paseo hacia algún lugar que soñamos.
Un jardín con árboles que se crean en círculos concéntricos como mandalas trazados a tramos de riego, de sacudida a veces, y otras, de rítmicas pinceladas movidas por una brisa dispersa que descoloca, pero que, a su vez, le ayuda a concentrarse para encontrar su propio Centro, su condición natural y artística. Ayala se expresa con rotundidad frente a la naturaleza auténtica de las cosas, a veces capturando la aflicción, al ser tan real y otras, trascendiendo la misma naturaleza y haciéndonos contemplar el Paraíso que se desea.
La anatomía de El jardín de Marián es la contemplación del todo, sí, hay detalles, pero hay una única imagen que se ramifica y significa en cada cuadro y hay una atmósfera de frescura, como una fruta dada la vuelta y muy expuesta, casi pornográfica por lo plenamente explícito de su majestuosa presencia: es el amor lo que se representa.
La contemplación del jardín nos prolonga el tiempo en el que quizás tengamos la posibilidad de recrearnos en las preguntas y tal vez, en las respuestas. La musa contempla generosa y mira desde el reflejo.
Hay una especie de construcción en la pincelada que hace suponer la rabia del trazo en la que se trenza la pérdida, en donde el dolor se obvia y se deja la cosa fresca, intacto el sentimiento, el amor flor, árbol y copa estrella, para que la niña de la Palmera sepa que el árbol se riega con trabajo y con genio.
Una obra trazada en su ejecución desde la minuciosidad automática porque Juan Pedro Ayala ya tiene asimilado el asunto, el sentido y se derrama en vivo, sin peros, confundiéndose con las ramas y dando el tono exacto al contexto. Un autor que jamás se deja convencer por limitados estados para el arte, que no se contamina de mediocridad, que no quiere, que no quiere, que le da igual y es ahí donde un artista se expresa y toca el alma, la fibra, o inflama la emoción. ¡Qué bonitos le quedan!
Árboles Cósmicos adornan el Jardín para Marián que se avivan en cada mirada, que se corrigen si se queman. Si se quedan mucho tiempo mirándolos, se meten en la retina para colorear la conciencia.
Ayala integra el gusto colectivo y paradójicamente libera la tensión al recrearse en su pintura porque asimilamos su concepto: son árboles que suenan con un ruido del cosmos, árboles para dar la vuelta al problema, Árboles Cósmicos como fruta expuesta y es esa exposición, la que aparece completando todo el lienzo para que no queden muchos huecos, ¡ya hay muchos! y muchas preguntas. En este jardín no se habla, no se reza, se respeta el silencio y la ausencia.
Los árboles del Jardín de Ayala se expresan integrales, finos, temperamentales, desnudos, dándose cierta importancia. Nunca son sencillos, ni pequeños. Son grandes para tocar el Cielo, para elevarse hasta el Universo y abstraerse de sí mismo, de su Centro y mirar más lejos, sin implicaciones geométricas, dándose a la contemplación de lo grande que se manifiesta en lo elevado, en lo sublime, en lo alto. Sin condicionamientos se aproxima desde lo grande a la idea cotidiana del Cielo, de lo que llena y completa. Un jardín hecho a golpes de paleta, de sueños desplegados en góticas mezclas.
El fenómeno es la vuelta hacia afuera de las copas llenas, como una bóveda celeste, un cielo lleno de estrellas, como un campo sembrado, como un grito abierto representa un espacio sagrado y confortable desde dónde contemplar la sutil belleza de su arte y proyectando así su amor hasta donde esté Ella.
Los cuadros originan un efecto regenerador que plaga, que carga, que prospera y revela que algo permanece, espera, gira y, no comprendo cómo, pero a veces parece que el cuadro vuela. El cuadro respira como si presionara la tela. Suministra vitalidad, energía y nos devuelve la capacidad de disfrutar con la majestuosidad de lo grande, de lo rico donde triunfa lo múltiple, lo que eclosiona y fluye. La acuidad del color de la Jacaranda púrpura se despliega con perfección en el tono y es ahí donde Ayala hace entender lo que es estético: Arte en asimilación perfecta con su gusto estético puro.
Con El jardín para Marián Juan Pedro Ayala se revela como un artista instructivo porque enseña a apreciar el color, la forma, el espacio y el tiempo y lo hace con un talento grosero por lo que llama la atención y por lo que gusta.
La tentación de tener un cuadro suyo se hace necesidad porque dejar que uno de sus Árboles complete la estancia supone que nadie se sentirá ajeno a la poética de su trazo. Los Flamboyanes, las Palmeras, las Jacarandas… se cuelan en la escena y toman posesión del espacio para que no exista la manera de cerrar los ojos.
Juan Pedro Ayala capta el tiempo en el que el árbol llega a tocar la luz y se queda suspendido en la memoria o en un tiempo sin tiempo, en una dimensión única del arte que representa lo que sólo la poesía puede decir. Un equilibrio invertido, una iniciación, un abrir la puerta al jardín y crear réplicas de Árboles que se exponen en un jardín sin espinos. Sólo fusiones divinas, iluminación, árboles con vestido exclusivo para el jardín de los sueños.
Juan Pedro Ayala nos obsequia con un jardín para Marián, un jardín asomándose a la eternidad en la que todos estamos dibujados. Árboles Cósmicos…

domingo, 14 de diciembre de 2008

El cuerpo vacío


Alguien que lleva toda la vida con el cuervo del suicidio sobre los hombros tiene que acabar irremediablemente muerto. Se lo debe a él mismo. Para ello necesita hacer sólido el tiempo y, tomando las riendas de su muerte, pararlo antes de lo que estaba establecido. Imagino que en esa decisión vital tan sólo se busca la calma salina de cuando uno flota en el mar y se queda el cuerpo vacío, como evaporándose. Imagino que todos los espejos del mundo se hacen opacos para unos ojos que no quieren seguir mirando. Imagino el desencanto de que inevitablemente el vello se vuelva de punta al revés clavándose en la piel. Imagino que antes del salto, las manos no tiemblan por el miedo al fin sino que tratan de huir de unos brazos que se saben ya perecederos. Buscar la libertad en la no vida es una opción como cualquier otra.

Nunca intentaría evitarlo o tratar de convencerle de que se trata de un error. No se trata de un error sino de una decisión, equivocada o no, no me corresponde a mí valorarlo. No puedo condenar a alguien a vivir, condenarle a que el iris se le vaya pudriendo poco a poco desde el exterior hasta el interior y que llegue un día que no se reconozca. Ni siquiera creo que pudiera con mis palabras cambiar el rumbo del pensamiento pues sería como ponerle adornos de navidad a un árbol cuyo tronco ha sido separado de la raíz.

Sin embargo no puedo evitar pensar en nosotros, en los que nos quedamos con la vida suspendida como levitando a un palmo del suelo. Con la cabeza llena de viento y paralizados porque al igual que no estamos preparados para pensar en el infinito, tampoco lo estamos para pensar que nunca más veremos a alguien. Y es que la muerte tiene un bulto que no se puede extirpar que es la pérdida, pérdida que unida a la rabia dará lugar a la decepción constante, o esa vergüenza bajita sobre lo amado.

Nadie debería tener tanto poder con sus decisiones sobre nuestras vidas. Tampoco nosotros deberíamos tener el poder de suplicar a alguien que viva por nosotros. Debemos hacer el acto supremo de generosidad y respetar por encima del dolor para sentarnos al borde del otro y entender. Sólo así estaremos en disposición de vivir en calma del recuerdo afrontando un futuro plagado de ausencias.

jueves, 11 de diciembre de 2008

EL GATO DE INGRID




Como todas las tardes, a eso de las cinco y media, Ingrid aparcó su coche en el borde de la carretera y se dispuso a dar de comer a sus gatos. Hoy traía croquetitas de atún. Había encontrado un sitio estupendo para dejárselas. Detrás de un murito de piedra, protegidos del sol por dos frondosas palmeras y un pino canario, colocaba los platitos con mimo, como venía haciendo desde hacía unos meses. Hubiera sido un sitio ideal, perfecto, si no fuese porque, al otro lado de la calle, vivía un hombre sumamente desagradable. No le gustaban los gatos y a Ingrid no le hubiera extrañado que un día aparecieran envenados. Ya había intentado deshacerse de ellos con distintas artimañas, quitándoles la comida que ella les dejaba o echándole tierra encima para que no se la pudieran comer.

- ¡Lo que quiere es que se me mueran de hambre!- había exclamado indignada, después de aquel penoso incidente.

- ¿Porqué no te los llevas a casa?-, le había sugerido su amiga Jutta, cuando le contó lo que había hecho ese malvado, pero Ingrid sabía que ellos preferían quedarse donde estaban. De todas formas, no quería volver a pasar lo de Débora. No lo había superado todavía.

- ¡Pobre Débora! No fue culpa suya-. La recordaba con cariño a pesar de todo. Sabía que había tenido una infancia traumática, de las que nunca se superan. Nunca había visto una gata como ella. Era tan bonita que parecía de anuncio, con ese pelo gris aterciopelado y aquellos ojos misteriosamente azules. Sin embargo, cuando la adoptó, le había destrozado la casa. ¡Qué pena de sofás! No le había quedado más remedio que renunciar a ella y, con todo el dolor de su corazón, había decidido dársela a una buena familia que la quiso con locura. Pero, la gata no había tardado en desaparecer para siempre, y desde aquel triste día, aprendida la lección, Ingrid cuidaba de sus gatos en la calle.

La mujer salió de su destartalado Volvo y abrió el maletero. El peso de sus setenta años había hecho mella en ella. Lo cargaba sobre los hombros, antes tan erguidos. En su rostro, desfigurado por las cicatrices del tiempo, se escondían unos ojos no menos azules que los de la desgraciada Débora. Su cabello, en otro tiempo de un espléndido color rubio ceniza, ahora era sólo gris. Ya no lo llevaba largo y suelto como cuando era joven y Martin se entretenía entrelazando sus dedos en él.

- A Martin tampoco le gustaban mis gatitos- recordó ella amargamente-. Pero Martin ya no le suponía ningún problema; hacía tanto tiempo que no formaba parte de su vida que le costaba recordar cómo era.

Cargada de bártulos, rodeó el viejo coche mientras los llamaba, uno a uno.

- ¡Fifí!… ¡Lulú!… ¡Simba!… ¡Bombón!…- Siguió hasta que los hubo nombrado a todos. Cada vez eran más, pero nunca se olvidaba de ninguno. Su cara se iluminaba a medida de que iban apareciendo. Estos pequeños momentos eran los que hacía que mereciera la pena vivir. Ingrid sonreía. Sabía que mucha gente se reía de sus gatitos a sus espaldas, pero no le importaba. Jutta era la única que la comprendía y que compartía su pasión. ¡Qué sabían los demás! Los gatos eran su auténtica familia. ¿Acaso no le habían dado más amor que sus propios hijos? Hacía días que no sabía nada de Alexander y de Armin. Los gatos jamás la abandonarían como habían hecho ellos.

Pero esta vez, duró poco la belleza que retornaba a su rostro cuando estaba con sus gatos. ¡Faltaba Pitufo!

- ¡Pitufo…Pitufo! ¡No te escondas! ¡Pitufo, no seas malo!… ¡Ven!… ¡Ven a comer, que ya es tarde!- lo llamó desconcertada. Le extrañaba que no estuviese con los demás. Siempre llegaba el primero. Lo buscó con la mirada, arriba y abajo, segura de que le había pasado algo.

Sin darse cuenta, mientras se preguntaba dónde podía estar, Ingrid apretaba los puños. Sus ojos, ahora minúsculos, parecían astillas de hielo. La casa de su enemigo se alzaba al otro lado de la calle, amenazante, y ella intuía que ese villano tenía algo que ver con la desaparición de Pitufo. Soltó la comida y se precipitó a la carretera rodeando el coche. Estaba fuera de sí.

- Tranquilízate, mujer, seguro que está bien-, se repetía una y otra vez, como un mantra, mientras apartaba las ramas de los arbustos que bordeaban la calle. Estaba muy nerviosa. Recordaba todas esas veces que creyó morir lentamente mientras esperaba a los niños, sentada detrás de la puerta, sin poder respirar, hasta que entraban en casa correteando y riendo. Sus hijos nunca supieron que la angustia interrumpía su vida cada vez que estaban lejos de ella. ¿De que había servido? Ahora le habían abandonado para siempre.

De pronto, a lo lejos, Ingrid vio un pequeño bulto sobre la carretera. Corrió hacia él, temiéndose lo peor.

-¡Pitufo! ¡No…, tú no, por favor!- Se arrodillo llorando ante el animalito que yacía, inerte, sobre el asfalto caliente. Estaba roto, parecía un muñeco de goma. Acunando el cuerpecito sin vida entre sus viejas manos, Ingrid no tardó en darse cuenta de que ya no podía hacer nada por él.

Lo apretó contra su pecho y levantando la cabeza hacia el cielo azul, aulló desconsolada.

-¡Tú no, Pitufo!... ¡Tú no!… - Pero las lágrimas que vertía sobre el gato al que se aferraba desesperadamente, no sirvieron para resucitarlo.

Al ponerse el sol, Ingrid se levantó. Abrió su chaquetón de color caqui, tan raído ya, y resguardó a Pitufo contra su pecho, como protegiéndole del frío que ya no sentiría más. Se arrastró lentamente hacia su coche desplomándose sobre el asiento del conductor, sin saber bien lo que hacía. Tenía la mirada perdida en ese horizonte que se había teñido de rojo.

–Es la sangre de Pitufo –se lamentó amargamente.

Mientras tanto, a lo lejos, un hombre paseaba un perro. Se detenía de vez en cuando, contemplando plácidamente la hermosa puesta de sol que le había regalado la madre naturaleza. Era el vecino de enfrente. Ingrid levantó la mirada y lo observó mientras se acercaba.

-¡Es él! –exclamó con estupor-. ¡Es el asesino de Pitufo! ¡Cómo se atreve!

Arrancó el coche. - A Martin tampoco le gustaban mis gatitos,- recordó ella amargamente, -y lo pagó caro-.

El viejo Volvo, con aspecto de tanque destartalado, se desplazó cuesta abajo, impulsado, no por esa cilindrada que alguna vez tuvo, sino por la fuerza del odio y de la gravedad. Ingrid sabía lo que tenía que hacer.

El hombre nunca entendió el odio que había en los ojos de Ingrid mientras abalanzaba su coche sobre él, llevándolos a los dos a la muerte.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

CUENTO DE NAVIDAD I

He hecho tres escritos de ambiente Navidadeño. Se alejan de las navidades blancas con campanitas y mucha felicidad, porque sinceramente la Navidad no me gusta. Me disgusta que los norteamericanos regalen juguetitos a los niños de Afganistán y el 26 de Diciembre ya estén bombardeando población civil con bombas de racimo, me disgusta que las familias se unan una vez al año para olvidarse e ignorarse durante otros 364 días, y me JODE este ambiente comercial de comprar y comprar y comprar.
En fin, ahí va el primero:

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La sirvienta, que había adquirido con los años el don canino de terminar pareciéndose físicamente a su amo, los hizo esperar a los cinco en la enorme antesala que servía de recibidor, sin invitarlos a despojarse de sus abrigos. Mirándolos de soslayo, les hizo dirigir la mirada hacia sus zapatos empapados por la nieve derretida, al tiempo que desaparecía por el pasillo. Instintivamente, con un gesto casi bovino, miraron a ambos lados sin mover el cuello, unidos en una piña, y buscaron refugio al fondo de la estancia, de cuyas paredes colgaban tapices antiguos que contaban batallas.
La sirvienta vino a interrumpir su silenciosa turbación esgrimiendo un palo terminado en una gamuza, con los que los fue arrinconando más aún, mientras secaba las gotas de agua en el suelo. Cuando estuvo satisfecha, luego de observar de forma oblicua el brillo restablecido, volvió a desaparecer sin decir palabra.
Pasó un largo rato hasta que escucharon los pasos amortiguados y no exentos de parsimonia de unas pantuflas sobre el parqué, que parecía cristalizado por una gruesa capa de barniz.
Era don Cosme, que se quedó mirándolos con extrañeza y sin saber exactamente qué decirles.
¿Qué hacéis, hijos?, les dijo finalmente.
El más gordito de todos, el que más se parecía a su abuela, se adelantó para informarle del deceso de su abuela aquella misma noche, y le dijo que por los elevados gastos de la larga enfermedad y ahora con el entierro, se verían obligados a pedir un préstamo y necesitarían de un avalista.
El discurso estaba bien aprendido, y había sido sopesado por todos con la nada desdeñable aportación ideológica de uno de los nietos, que había heredado del abuelo la sagacidad negociadora; no le pedirían dinero, sino ayuda. No querían su caridad, sino su solidaridad en un momento de dolor que, al fin y al cabo, debería ser compartido.
El viejo se cerró la parte superior del albornoz con ambas manos, como para no dejar al descubierto la caja torácica que guardaba un corazón impasible. Intentó un gesto de dolor que no le pudo salir, y finalmente les dijo que tenía todos sus intereses sujetos al fideicomiso. Un aval era imposible, y un préstamo mucho menos, les dijo, dejando así arruinada la inteligente jugada de su nieto.
-Siento lo de vuestra abuela hijos míos, iba diciendo mientras extendía ambos brazos en un gesto de expulsar aquel rebaño de su mansión. Flotó sobre la estancia algo parecido a una congoja pasajera que removió en el viejo los recuerdos de una vida de celos infundados hasta el repudio, y en los nietos la certeza del destierro inconsolable.
Al gordito se le escapó un sollozo, lo cual no estaba en el plan y añadía un gesto de innecesaria humillación que en el cónclave familiar previo a la visita había sido del todo rechazado. Sin embargo, esto hizo que el viejo les pidiera que esperasen un momento, con la puerta de la calle abierta.
Esperaron otro largo rato.
Entretanto, imaginaron que acaso les devolvería el collar de diamantes que él le reclamó a su ya ex mujer por vía judicial. O algún reloj de oro que pudieran vender.
La aparición de don Cosme, casi sonriente, seguido de la sirvienta, cada uno llevando una caja de cartón con motivos navideños en monocromo, les sacó de dudas.
-Felices fiestas, hijos, a pesar de todo. Les dijo, alargándoles las cajas.
Apenas pudieron decir un balbuceante gracias, cuando se vieron en el hueco de la escalera con la puerta en las narices, como transportados por la mano invisible de la inmisericordia.
Dentro de las cajas, ambas idénticas, había un tarjetón con errata tipográfica que rezaba: "Empresas Cosme les desea Feliz Navidad y un própero año nuevo", dos botellas de cava, tres turrones y una caja de mantecados.

martes, 9 de diciembre de 2008

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La cieguita de mis cuentos

Hablábamos anoche con Juan José Delgado, en esa improvisada cena a la que terminó invitando sin que pudiéramos evitarlo, sobre cómo el cuento es un género poco cultivado en la península.

Decía Juan José que ocurre lo contrario en Canarias y en Sudamérica. Yo tenía una explicación para este hecho: en Sudamérica existe -o existía- un interés profundo en el cuento como fuente de información y de sabiduría.

Así que desde los indios quichés que escribieron el Popol Vuh hasta Borges, Sergio Pitol o Rulfo hay generaciones de cuentistas que viven el género más allá de lo literario.

Recordé el hecho peregrino que me llevó a esta afición de contar cuentos (que no a escribirlos), y decidí traerlo aquí, al blog.

Sucedió en Guatemala, en 1976, y tenía yo entonces apenas diez años.

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Albita Aponte despertó de la pesadilla del terremoto y sintió cómo la sacaban, casi en volandas, de la casa; el griterío de la gente espantada le encogía el corazón, sumida como estaba en las tinieblas de su ceguera.
Frente a las casas existía una alameda que sirvió de refugio, allí se quedaron todos como esperando un nuevo envite de la tierra, que esta vez acaso se los tragaría sin remedio.

Algunos lloraban, otros rezaban, y todos sentían la infinita pequeñez de su humanidad.
Pero cuando el furor desatado del seísmo y sus réplicas inmediatas se detuvieron junto con el aullido de los perros, se apoderó de la calle un silencio de iglesia en el que doña Albita volvió a percibir los murmullos de vivos y muertos en una oscuridad que le era ya más familiar.
Entonces se puso en pié bajo el ramón centenario que se elevaba entre los álamos, y azuzó a hombres y mujeres para organizarse.

Había que sacar agua, alimentos y frazadas de las casas, pues el frío húmedo de aquella madrugada de Febrero no tardaría en hacer enfermar a los más pequeños y hacer estragos en los huesos de los viejos.
Y aunque flotaba en el aire el temor a que un nuevo temblor los encontrara dentro de las casas, los hombres decidieron aventurarse. A un ingeniero de plásticos de nuestra misma calle se le ocurrió pegar la oreja al suelo: al menor ruido de las capas tectónicas al chocar en el subsuelo, daría la voz de alarma y haría sonar un silbato de árbitro tres veces. Todos acordaron que aquella precaución sería suficiente.
Hacia las seis de la mañana, los enseres, comida, agua, medicinas y demás elementos imprescindibles para pasar la noche se encontraban apilados fuera de las casas. Cada familia delimitó su área entre los árboles, y se acomodaron todos como mejor pudieron esperando que la madrugada les devolviera la verdadera dimensión de lo que había sucedido.

El del 23 de Febrero de 1976 fue el mayor terremoto del siglo en Guatemala. Los fallecidos se contaron por miles, y un millón de guatemaltecos se quedaron sin hogar.

A medida que un amago de normalidad fue acomodando un creciente número de muertos, los vivos decidieron que el hecho inexplicable era la mejor terapia contra la desolación. Los periódicos se llenaron de noticias extraordinarias sobre personas que se habían salvado de maneras imposibles: Una madre echada sobre su bebé murió aplastada, pero a la criatura la salvó un perro del ejército francés que escuchó sus gemidos bajo una tonelada de adobe. En otro pueblo, un grupo de borrachos despistados salió de la única casa que quedó en pié, sin apenas darse cuenta de que fueron los únicos supervivientes en un pueblo de mil habitantes. Un joven indígena de una pequeña aldea del altiplano, apareció vivo después de dos semanas bajo los escombros de su casa, se había salvado bebiendo las gotas de una cañería rota que mojaba sus labios.
Todas estas noticias aparecían en los diarios con gran profusión de detalles, para satisfacer así la acuciante necesidad de creer en los milagros.

Doña Albita era nuestra vecina, y por las tardes me convertía en el lector de aquellas noticias que a veces le hacían saltar las lágrimas, y persignarse cada vez que una intervención divina era la única causa plausible para aquellas salvaciones.
Pero las noticias empezaron a escasear, y fue entonces cuando se me ocurrió la idea de inventarlas, imitando para ello la grandilocuencia de aquellos periodistas del milagro.
Inventé, por ejemplo, que toda una familia se había salvado de perecer ahogada tras la inundación de una presa, con la excepción del marido y padre, un perdulario que los maltrataba y que, en una única y última acción abnegada, había logrado sacarlos a todos para terminar él mismo ahogado entre el lodo. O el cura (este era su favorito) que se refugió bajo el palio de la virgen que había terminado descabezada cuando sucumbió el techo de una iglesia colonial. Aparte del grotesco desmembramiento, añadía mi apócrifo, la virgen había resultado intacta aunque la iglesia entera había sucumbido.

Así fue como surgieron mis primeros cuentos, y doña Albita Aponte fue la primera persona que se emocionó con mis habilidades de cuentista.

Al final, cuando también empezó a agostarse el caudal de mi imaginación, las noticias eran ya tan tremebundas e increíbles, tan recargadas con prodigios inauditos, que ahora dudo que la cieguita creyera una sola palabra de aquellas parrafadas.
Pero hasta que se reanudaron las clases en la escuela, no hubo una tarde en que no me citara para la lectura diaria. Y ni un solo día en el que no elevara su rostro al cielo mientras por la mejilla le resbalaba una lágrima.

Nunca sentí remordimiento por las invenciones pícaras que le hacía escuchar a la pobre ciega. Porque entonces, como ahora, sabía perfectamente el valor de un buen cuento.

martes, 2 de diciembre de 2008

FRONTERAS

Cada frontera, una cicatriz...
La Geografía dibuja en sus mapas extraños vericuetos que no existen en la realidad que pisamos.
Son las fronteras... Cicatrices de la Historia... Dibujos de colores que el ser humano ha ido diseñando con sangre de conquistas, invasiones, reconquistas y heridas de guerra.
Aparece como un absurdo desvío de conducta tribal que trasciende al individuo, a quen la sociedad le impone unas pautas de comportamiento que lo esclavizan y confinan en los límites excluyentes de su propia frontera personal.
¿Acaso el aparente privilegio de poseer una inteligencia superior, tan sólo sea una pandemia congénita que, encubierta de virtud suprema, nos ahoga en un proceso de autodestrucción colectiva por impedirnos transitar libremente a través de nuestros límites individuales?...

sábado, 29 de noviembre de 2008

Efecto Laguna

¿Por qué, Madre, así te tratamos?...
Dama de oronda y decadente belleza, vestigio de glorias pasadas. Salud tocada por el repaso del tiempo... del tiempo y de sus avatares... De todo cuanto conlleva sobrevivir a la intemperie de las edades que, inmisericordes, desgastan vida y fuerza por influjo de soles y lunas... luces y sombras de los días y las noches...
Ella, la gran señora, rutilante entre estrellas, figura ostentosa del circo universal, está sintiendo su declive. Los indicios de depresión se apoderan de su voluntad de reina absoluta que está dejando de serlo... Se encuentra enferma... débil, decepcionada, su norte declinado y presintiendo una injusta mortaja en la piel lacerada.
Pero... ¿qué le pasa en la piel?... La envejecen cicatrices, manchas cuarteadas, irritación y venas oscuras, en un lienzo macilento que ya no cobija lozanía y vitalidad... ¡Malditos ácaros!... Los hay de varios tonos: blancos, negros, amarillos y cobrizos. Son colonias de violentos parásitos. Ínfimos seres imperceptibles a simple vista, pero terribles por el número. Son más de seis mil millones mal repartidos, por colores y virulencia, que se han instalado dañina y vorazmente en su martirizada piel...
Le provocan la enfermedad cutánea de difícil curación, pues los invasores están fortificados entre los poros e infectan cruelmente la circulación sanguínea y el sistema inmonológico de su maltrecha majestad.
El furioso ataque de los parásitos no tiene explicación lógica. Es muy grave... Aunque el énfasis destructivo lo aplican con prioridad entre ellos mismos -se matan entre sí o dejan que los demás mueran, según los colores-, el veneno de su agresividad destruye también los tejidos de la epidermis viva que sólo usan como suelo mal pisoteado, cuando debieran protegerlo y cuidarlo para acomodar en él su propia supervivencia... procurando no dañar la salud de un privilegiado ambiente, tratándolo con amor para que les sirviera de discreto sustento, evitando abusos que, sin vuelta atrás, sólo pueden abocarlos al fracaso y a su desaparición.
La infección producida por esa invasión patógena, hace que la curación de la enferma dependa de la propia destrucción de los ácaros-vampiro. Sin duda ellos, desde su irracionalidad, así lo intentan. Pero, además, los medios de inmunidad natural del organismo afectado reaccionan en defensa propia para erradicar la dañina plaga. Sube la fiebre, aumenta el sudor, el temblor mitiga dolores, supuran las llagas abiertas y el picor induce al desespero de rascar con fuerza la piel irritada...
Ella recuperará su salud, la juventud y el milagro de su brillante naturaleza... porque nosotros sólo sabemos ser absurdos parásitos; y ella, Madre Tierra, nos empuja hacia nuestra propia destrucción para poder salvarse... Es su derecho...

viernes, 21 de noviembre de 2008

El llanto de la excavadora

El lenguaje es a menudo demasiado tangencial y personal para ser comprendido al vuelo por los otros. Algo se pierde, algo que se queda en la pura intención. Y el resultado es muchas veces el equívoco o la falta de comprensión, cuando no el rechazo.
Todos tenemos experiencias que nos hacen deformar el verdadero sentido de las palabras, palabras que nos transportan a momentos concretos, para evocarnos de una forma íntima y profunda, hechos que están vedados al resto de los mortales.

Algo así sucede con los olores de la infancia, por ejemplo. Sí, las palabras tienen olor.

Me pasa con los cementerios, que siempre han sido para mí objeto de curiosidad. Una curiosidad carente de morbo, pero igualmente poderosa que me hace meterme en el primer cementerio que vea en cualquier ciudad desconocida.

En Roma encontré un cementerio detrás de una pirámide de antes de Cristo. El cementerio acatólico le llaman. Allí estaban, para mi sorpresa, nada menos que las tumbas de los poetas Schiele y Keats, o la del presunto ejecutor de Rasputín, el príncipe Yusupov, y también la de un, para mí, desconocido, apellidado Goethe, y que resultó ser el hijo del autor de Werther.

Y de entre todas ellas me saltó a la vista un nombre conocido "Cinera Antoni Gramsci".

Alguien que hacía de guía para un grupo de militares destacó que el latín estaba errado, pues debería decir "Cineres".

Sobre quién era Gramsci no voy a hablar aquí, pero "Le ceneri di Gramsci" es un libro de poemas de Pasolini, escrito en los cincuenta, y además uno de mis favoritos. Recordé los versos de un poema central de ese libro, llamado "il pianto della scavatrice" que no necesitan traducción de tan sencillos y cercanos:

Solo l’amare, solo il conoscere
conta, non l’aver amato,
non l’aver conosciuto. Dà angoscia
Il vivere di un consumato
amore. L’anima non cresce più.


Afuera del cementerio había construcciones de los años cincuenta, que sin duda se estaban construyendo el día que Pasolini visitó aquel cementerio para visitar la tumba de Gramsci. Entonces comprendí el significado de aquel título, el llanto de la excavadora, en toda su intención.
Al ver que toda una lucha había quedado en puras cenizas, que todo lo iba devorando aquella excavadora que parecía llorar afuera del cementerio, mientras construía un mundo nuevo y alejado de ideales más puros, Pasolini debió llorar también, sintiendo que su alma no crecía, angustiado por la pérdida.

Aquella tarde me invadió una sensación extraña, que sigo evocando cada vez que escucho la palabra cementerio, una sensación como de haber entendido el lenguaje perdido de los muertos.