miércoles, 30 de diciembre de 2009

Una noche en blanco

A continuación os presentamos los relatos finalistas del concurso 'Una noche en blanco'

El dulce olor a membrillo despedido por la anciana que caminaba delante le abrió el apetito. El hambre que tenía últimamente era incontrolable y no había comida que lo colmara.
La siguió escondido para robar el bolso con el manjar hipnotizante. Cuando una calle oscura, escondida de la luna llena, les encontró, empujó a la vieja contra un muro rajándole la cabeza.
Le arrebató el bolso, dislocándole el brazo y justificándose por el deseo de saciarse.
Nada que comer. ¿De dónde venía el olor? Miró el hilo de sangre desmoronado por la cara y le sedujo. Lo lamió y unos colmillos salieron de su boca hacia la cara de la desmayada con los que desgajó el cuerpo y absorvió los cuatro litros de sangre que soltó.
Sin entender lo ocurrido, corrió por las calles del Adelantado, desquiciado reptó por la Catedral y aulló. Era su primera noche en blanco.

Aída Rodríguez Rosa.


En la vigésimo quinta noche, nadie durmió. La ciudad entera respiraba en silencio, como un depredador a punto de lanzarse sobre su presa. Era una ciudad de párpados abiertos, una ciudad tibia derramando su fiereza en aquella bruma que parecía salirle de la nariz. Habían pasado veinticinco noches desde la visita del profeta. Veinticinco noches que completaban el lunario de sus presagios. Y aquel latido incesante, aquella espera disfrazada de luto, eran la atroz confirmación de que algo malo estaba a punto de suceder. Y es que aquélla sólo habría de ser la primera del resto de nuestras noches en blanco. La primera de una maldición que no sólo nos negaba la capacidad de dormir, sino el derecho a seguir soñando.

Celina Ranz Santana


Entré en la noche como se entra en una piscina llena de gatos; ruidosamente. Hay aviones de plomo y pantanos de gente, pero he renunciado ya a la fascinación de los detalles del mundo, los gritos neuróticos del planeta. Busco en las cafeterías, veinticuatro horas abiertas, rollos de realidad, fragmentos de luces que duermen derramadas por las mesas. Me acostumbro al cansancio de las sillas, que gimen tristemente debajo de mi. La retaguardia del teatro se abre en un alarde de accidente, igual que romper un reloj cuando niña para ver el mecanismo de dentro. Matices blancos de un cielo negro. Todo se abre en el prostíbulo de la noche, incluso nuestras propias galerías, o la prepotencia de un sueño. En esta noche cada uno puede inventarse la vida a su semejanza, como un dios doméstico, pero sin apóstoles, con menos muertes y algo más de acierto.

Reyes Martín Rosa



Escapo del insomnio como de un ídolo que conficura alguna de mis habituales pesadillas y que se jacta de impedir que duerma. Acepto el reto.
Salgo a la calle presintiendo otra "noche en blanco". Observo un bullicio inusual que alegra Herradores. Ambiente ficticio, carnavalesco. De repente, de calle transversal aparece un elefante africano que, indolente, parece pasear. La gente, que cuelga bolsas de infinitas formas y colores, se aparta sin sobresalto. Su asombro parece responder a la soledad del paquidermo. Tranquilo y con lógica elefantina, irrumpe en el comercio prêt - a - porter del número 45, y las personas levemente disgustadas le ceden el paso. En su enormidad, ya que parece tranquilo, tira estanterías, colgadores y hasta un mostrador cruza ahora el recinto.
Ruido estridente.
Me dirijo a casa, cruzo el umbral y subo los escalones. Ahora estoy seguro que la vigilia forzosa ha pasado y cederé al sueño.

Jose Luis Rubio Tabernero



¿Cómo estará la dive que sólo baila entre las motas de polvo frente a la luz? Como es de noche, ella anda a tiendas temerosa de tropezarse, pues su danza nace de la claridad que se columpia en las esquinas de los sueños, de la música de las palabras que no fueron dichas porque a veces la gente se argumenta mejor en silencio. Y con un compás imaginario mueve su cuerpo, mientras sus curvas se abrazan al albedrío de las tempranas coladas de sol.
Pero ha perdido el paso, como si la noche hubiera cegado sus oídos y fuese incapaz de tararear la melodía del ejercicio. Piensa que si sólo por esta noche la oscuridad se maquillara de balnco, no se agarraría más a las rodillas en una esquina, ni esperaría a que la paciencia trajera en el pico otro amanecer y así el despertar de los arpegios y los arabescos.

Fayna González Cabrera



Deambulo por las calles, en medio de una multitud que nada me dice. Me siento como si estuviera en una habitación rodeada de cristal, yo veo hacia fuera pero los demás no me ven, tal es de cegador a la luz blanca que sale de aquí que están deslumbrados. Yo me debato en una pesadilla interminable, grito y les digo: "Quiero estar con ustedes", pero no me oyen.
Trato de salir al exterior pero no tengo puertas ni ventanas. Daría... no se que daría por estar fuera, por sentirme viva, por reír o llorar, por dejar de sentir ese frío que me produce la blancura de esta luz que me aísla y me deja sin vida, helada.
Poco a poco la luz disminuye y descubro una puerta. Por fin puedo salir, y vuelvo a caminar entre la gente disfrutando con la misma puerilidad que ellos, de una noche en blanco.

Candelaria Rodríguez Ávila



Al ver la sangre mi mamá me dijo que era normal, que no me asustara. Que voy a convertirme en una mujer.
Yo no tengo nada de miedo. Sólo espero que no vaya a dolerme mucho cuando me crezcan las alas.

Óscar García García

martes, 1 de diciembre de 2009

La noche del cazador

Ayer volví a ver por primera vez La noche del cazador. En esta ocasión mi antención se fijó especialmente en el efecto hipnótico que parece provocar el personaje de Robert Mitchum sobre la mujer (Shelley Winters) y la forma tan aterradora en que ésta acepta la tortura a la que el predicador la somete a ella y a sus hijos. Imbuida por el veneno de las palabras del protagonista, la mijer contempla y espera su muerte con una resignación sin nombre.
Esa misma tarde estuve debatiendo con amigos sobre las relaciones entre hombres y mujeres en el cine. Uno de los puntos calientes de la tertulia se refería a la influencia del cine en nuestros hábitos sociales. Había opiniones para todo. Tomando posición me afirmé en la idea de que la influencia del cine se limita a algunas modas y costumbres superfluas que no suponen un cambio transustancial en nuestra manera de ver el mundo. Después de todo, cuando salimos del cine, uno sigue tratande a los demás como ellos nos tratan a nosotros. "Siendo justos- les decía a mis amigos- el ser humano a penas a cambiado sus instintos desde que inventamos el fuego".
Hoy, en las noticias, vuelven a anunciar la muerte de otra mujer por violencia de género y yo no dejo de preguntarme en qué medida la película de Charles Laughton o cualquier otra ha influido en ese hombre que apuñaló a su mujer a sangre fría. ¿Crea el cine asesinos en potencia? ¿Tiene una simple escena la capacidad de transformarnos hasta ese punto? Es terrible, ¡terrible!, saber que la persona que se sienta a mi lado en la guagua o la que me seirve el plato en el restaurante puede tener las manos manchadas de sangre.
Sin embargo soy consciente de lo absurdo que resulta este pensamiento. Puede que en algunas películas de los años 50 se mostrase con cierta naturalidad la creencia de que el hombre "tenía derecho" de propinar una bofetada a una mujer para "hacerla entrar en razón" pero aquellos tiempos, por fortuna, has quedado obsoletos y la sociedad en la que vivimos ha cambiado en ese aspecto. Actualmente las películas reniegan de la violencia de género implícita o explícita y, si la muestran, lo hacen para ponernos en el lugar de la víctima y para mostrar la lacra que supone en la sociedad. Libros y películas como los de la saga Milenium se posicionan de una manera radical en contra de la violencia machista e imponen el prototipo de una mujer independiente, rebelde y poderosa.
No obstante, lejos de tranquilizarme, esta certeza provoca en mi una inquietud aún mayor. Si atendemos a las cifras, nos damos cuenta de que sigue habiendo el mismo número de maltratos que hace medio siglo, el mismo número de muertes, el mismo número de abusos. Es lógico pensar entonces que, ciertamente, las películas no modifican la esencia de las conductas humanas y que, en todo caso, el cine es un reflejo de la sociedad del momento, favoreciendo los roles admitidos como correctos y criticando aquellos que no lo son.
Triste nuestro mundo aún está plagado de predicadores asesinos y de esposas sumisas y nuestros instintos animales están demasiados arraigados como para ignorar nuestra bestialidad innata. El cine- el cine bueno, se entiende- puede ser una herramienta valiosísima para ilustrar el camino de la historia, la evolución de las modas y las costumbres sociales, pero, por otro lado, también nos recuerda que, en el fondo, seguimos siendo los mismos canallas.

Idafe Hernánadez Plata

viernes, 27 de noviembre de 2009

Películas recomendadas

Esta es una lista de películas recomendadas por los alumnos del Curso de Creación 2009/2010, a propósito de su clase "la importancia de tener criterio"

Se realizó un coloquio sobre el tema "El cine y las realciones entre hombres y mujeres"

Revolutionary road

Los girasoles ciegos

Historias de Filadelfia

Beautifull girls

Guest who's coming to dinner

Conspiración de mujeres

Ariadna

No mires abajo

El secreto de sus ojos

Duelo al sol

Todo lo que necesitas es amor

Muerte en Venecia

Novecento

El jardinero fiel

Las amistades peligrosas

Rompiedo las Olas

viernes, 16 de octubre de 2009

20 razones para no leer a Larsson

Luis Guardia organiza la parte floral de eventos sociales de todo tipo al frente de su negocio, La florería. En uno de ellos le pidieron una propuesta de regalo original para los invitados que asistían y se le ocurrió regalar mundos, o sea, libros. La idea era amontonar "20 razones para no leer Larsson", cuya trilogía parecía haber borrado del mapa el resto de la literatura. Le pidió una lista a su amiga Saro Díaz, periodista, pero sobre todo lectora irredenta, como él. Ahí van las 20 eclépticas razones de una lista improvisada.

- El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell (este tiene truco puesto que está integrado por los volúmenes Justine, Mountolive, Balthazar y Clea)
- El elogio de la sombra, de Tanizaki
- Un día perfecto, de Melania G. Mazzuco
- Una vida de gestos, de Chang-Rae Lee
- Caos Calmo, de Sancho Veronesi
- La extraña, de Sándor Márai
- El legado de la pérdida, de Kiran Desai
- White City, de Tim Lott
- Nunca me abandones, de Kasuo Ishiguro
- La cura Schopenhauer, de Irven D. Yalom
- La elegancia el erizo, de Muriel Barbery
- Metro, de Donato Ndongo
- Kafka en el orilla, de Haruki Murakami
- El arte del placer, de Galiarda Sapienza
- Villa Amalia, de Pascal Quignard
- Sobre la belleza, de Zadie Smith
- El diario de Edith, de Patricia Highsmith
- Ambigüedad, de Elliot Perlman
- Acción de gracias, de Richard Ford
- El mundo después del cumpleaños, de Lionel Shriver

Ahora os proponemos a vosotros que cojáis el testigo de Saro Díaz y dejéis también vuestras 20 razones, o lo que es lo mismo, vuestros 20 títulos recomendados.

viernes, 15 de mayo de 2009

ROSA

Ustedes dirán que me falta un tornillo, o que soy un vicioso o un depravado.
Pero si Rosa me pidiera que me arrojase a la calle desde un balcón o desde lo alto de la azotea, lo haría sin dudarlo.
Por eso cuando me dice que no, que ya basta, que no somos niños, siento esta mezcla de rabia y desconsuelo; un sentimiento de injusticia, como si al despertar en un hospital descubriese que me han extirpado un riñón por error en lugar de cauterizarme un lunar.
Aunque no negaré que hay algo irracional en todo esto, Rosa es la esencia de mi felicidad o de mi tristeza, y no tengo más remedio que aceptarlo.

Nos criamos juntos desde los doce años, cuando mi padre y su madre se casaron en Santiago de Chile. Su madre era divorciada y la mía hacía cinco años que había muerto de un cáncer de útero. Siempre la he llamado mi hermana, aunque decir ‘no somos hermanos carnales’ se me hace insoportable.
Ahora no recuerdo bien si su cabello era más rubio cuando era niña o si tenía el aspecto rojizo que tiene ahora, pero la recuerdo muy tímida y delgada. Al principio la trataba como a la hermanastra incómoda que me habían impuesto, y procuraba evitarla. Me irritaba su apocamiento, esa forma de mirar al mundo como un perrillo asustado.

Pero descubrí quién era en realidad a los catorce años, una tarde en que nos quedamos solos. Había estado leyendo en mi cuarto y no sé por qué fui hasta la habitación de los viejos. Algún ruido me alertó, y me atrajo la puerta entreabierta por la que se escapaba una luz amortiguada. Tuve la precaución de caminar descalzo, procurando que no crujieran los tablones de madera. y
al asomarme vi a Rosa echada boca arriba sobre la cama, con los ojos cerrados. Llevaba puesto el camisón de satén de su madre y por el olor que salía de la habitación supe que había fumado; tenía su mano derecha hendida en la entrepierna, y el satén del camisón marcaba la curva de sus muslos, que parecían alargados como los de un insecto. Comenzó a mover la cintura rítmicamente, llevada por la marea de su propio placer, hasta abocar a una agitación que acabó en espasmos que la encorvaban. Después se quedó un rato sin moverse, con la palma de la mano izquierda sobre la frente. Al rato se incorporó, con las piernas cruzadas sobre la cama, y bebió a sorbos de una botella de Coca Cola fría que sudaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche.

Aquella imagen me provocó una embriaguez desconocida que me hizo tragar saliva; y sentir la rebelión de mi incipiente hombría creciéndome bajo la bragueta, junto a la urgencia animal por mitigarla. Sólo después comprendí que aquella fue mi primera excitación sexual frente a una mujer.
Desde ese día aquello se convirtió en una costumbre que se enraizó como la mala hierba. Yo la espiaba mientras se masturbaba y luego salía corriendo a masturbarme yo.

Tenía quince años cuando me llamó por primera vez. Abrió los ojos y me llamó a su lado, con la mano, como si yo fuera un camarero. -Ven, -me dijo, sin circunloquios, sin darme explicaciones ni pedirlas-.
Tuve la impresión de que siempre había sabido que yo era el testigo de su sexo solitario. Así que fui hasta ella con la sensación de caer en una trampa, y me tumbé en la cama, entre dócil y excitado. Sentí el mismo olor untuoso de piel perfumada que había en mi madrastra, pero me excitó más el sabor mezclado con nicotina de su saliva y la textura contráctil de su lengua.
No me atreví a penetrarla hasta varias semanas más tarde, en su cuarto.

Rosa nunca ha logrado quedarse embarazada, sé que no es fértil. Se casó una vez y ha vivido con otros hombres después de su divorcio, y mientras está con otro hombre no me busca. Pero sus relaciones son siempre breves y traumáticas. Al final, soy su tabla de salvación y se aferra a mí sin preguntarme si quiero volver a la rutina que me marcan sus fracasos.
Así que siempre terminamos acostándonos otra vez, hasta que el peso de la culpa nos hace buscar una salida y volvemos a pelearnos por razones absurdas. Alguna vez le dije que no volviera, pero ella se abraza a mí y llora.
Y cuando creo que esta vez se va a quedar, cuando finalmente creo que podemos encauzar nuestras vidas asumiendo que somos una pareja, ella se inventa una excusa. Sé que en esos casos hay otro hombre esperándola, y sé que lo hace para alejarse de mí.

Hoy me pidió que le diera un hijo, que fuéramos juntos a una clínica de fertilización. Cuando le dije que no, que nuestros padres no lo aceptarían, se ha marchado.
Juró que no volvería, pero estoy seguro de que volverá para pedirme de nuevo que vayamos a la clínica. Y yo aceptaré.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Antonio Vega


Gracias Antonio Vega por la poesía de tus canciones y por tu guitarra. Nos veremos en el recreo."Donde nos llevó la imaginación, donde con los ojos cerrados se divisan infinitos campos" El sitio de mi recreo Antonio Vega
Antonia Molinero

viernes, 24 de abril de 2009

Los Trinidad

Chandra, Rubén y perdularia. Se me vino a la cabeza esa mezcla de palabras, tan rítmica y llena de connotaciones. Las convertí en nombres propios primero, y en relato después.

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Chandra, Rubén y Perdularia. Tres eran, tres como la trinidad omnipresente. Y trinidad les llamaban porque siempre andaban holgazaneando juntos o haciendo las trastadas típicas de los muchachos ociosos.
Rubén, magnífico él, siempre mandando; Chandra detrás. Si Rubén tiraba la primera piedra, Chandra tiraba la segunda.
Perdularia era el más joven, y lo de Perdularia era el mote facilón por su apellido. Chipriota creo que era, no estoy seguro. De alguna isla de esas cercanas a Grecia, porque en griego lo maldecía su madre cuando le venían con los cuentos de las travesuras que a la trinidad se le achacaban.
Maldecir en griego no es raro por otras latitudes, pero en las costas del Pacífico de Guatemala aquello era un exotismo. Ni Chandra, que era hijo de indios de la India, tenía aquel encanto de la lejanía. Porque decir que era hijo de indios y tener la piel oscura no era novedad en aquella región, aunque supiera sánscrito y el nombre de mil dioses. Sin embargo, Chandra era hermoso y era el galán del trío. Su altivez no era propia de los indios de allí, ni su porte y delgadez de Sidharta, ni lo ojón que era con aquellas pestañas tan largas y oscuras.
Tampoco se quedaba atrás Perdularia que ya apuntaba rasgos de héroe con su piel tostada, sus rizos trigueños y su perfil Egeo, y porque nadaba como Leandro entre delfines y bien podría haber cruzado el Helesponto. En lugar de ello cruzaba a nado el estuario y acompañaba al práctico en la lancha las veces que el aburrimiento le azuzaba para hacer otra cosa mejor que reventar sapos o buscar culebras en trío.
Rubén era el único oriundo de la región. Pero algún ascendiente africano hubo en su árbol genealógico que le mandó en un salto de genes aquel pelo malo y la piel tirando a tizón. Su padre y madre, que eran cakchiqueles, no alcanzaron nunca a comprender estas cosas de la genética. La madre pensó en cosas de brujos. El padre, menos pragmático, lo atribuyó a los cuernos; y, ya de por sí pusilánime y vicioso, acabó borracho como estado civil, malviviendo entre porquería en el almacén que guardaba en el muelle. Algún mono, de esos enjaulados que aguardaban el paraíso de algún zoológico extranjero, le contagió una enfermedad vírica y desconocida. Murió durante la cuarentena, entre terrores de delirium tremens y diarreas de sangre.
Así que Rubén, no digo yo que maldito pero sí un tanto rechazado por su madre, se crió sobre todo en los muelles haciendo recados y esquilmando sacos arroceros con un tubo de caña.
Se podría decir que Rubén obtuvo algo así como la redención de su futuro incierto el día en que conoció a los dos muchachos que vinieron a pedirle que les enseñara las artes de pescar con lanza.

-No es fácil -les dijo.
Primero se hicieron las lanzas, procurándose la madera flexible cortada con la luna propicia. Luego tuvieron que prepararla bien, para que quedara perfecta, recta y afilada. Tres intentos después ya estaban armados para la pesca primitiva y sólo les quedaba aprender, sin más ciencia que la práctica, cómo funcionaba la distorsión de la luz en el agua, y adivinar el rumbo del giro súbito de los peces.
Todo esto lo aprendieron en poco más de tres semanas. Un día Chandra elevó triunfal un sábalo más bien escaso; y aunque a Perdularia le costó doce días más elevar otro pez parecido, desde entonces todo fue más fácil. En sus casas no faltaron de cuando en cuando unos pescaditos para la cena.
Buena falta hacían, porque en los años sesenta ya el comercio marítimo empezaba a menguar, y en el puerto empezaban a notarse las señales de herrumbre que anuncian la decadencia.

Chandra fue el primero que anunció la partida.
Sus padres insistían en casarlo con la hija de un tal Krishnashí que vivía en la capital. Sama, era el nombre de la chica. Ambos trabajarían en la tienda de suministros de su tío, y con ello tenían asegurado el alimento. Solo les quedaría tener hijos.
Con días de diferencia vino Perdularia, triste y demudado, anunciando que a él también se lo llevaban; como si fuera un paquete se lo llevaban. El padre había vuelto, reclamándolo para sí. Quería hacerlo un hombre en la marina. Y la madre asintió, llorosa y acongojada como si alguien se le hubiera muerto, pero decidida a que su hijo del alma no se quedara en aquel puerto para su perdición.

Rubén no durmió bien durante varias noches. Casi hasta estuvo tentado a aceptar el ron que como un reto le ofrecían de cuando en cuando los estibadores. Pero no, no lo hizo. Se acordaba de su padre y de sus ojos perdidos, inyectados de sangre. No bebería nunca ese veneno.

-Pasemos a los Estados -les propuso.
Por entonces no eran pocos los que se iban, cruzando el río Bravo. Dios mediante y coyotes mediante. Se contaba que si se enrolaban en el ejército para ir a la guerra de Vietnam como soldados, tendrían la nacionalidad nada más volver. La guerra los entusiasmaba como un temor del que era preciso curarse. Pero no había dinero para coyotes, y aquello quedaba lejos, lejos.

Fue entonces cuando acudieron a mí.
Los había conocido el invierno anterior, cuando me habían sacado de un apuro en medio de una tormenta. Casi había encallado, por mi falta de pericia, el yate de mi padre, que tomé prestado sin su permiso. Y ellos intercedieron con el práctico, se ofrecieron en plena tormenta a atar los cabos, y se arriesgaron con un valor que a mí me pareció inconsciente. Yo les estuve agradecido desde entonces, y les habría confiado mi vida de tanto como aprecié el arrojo de su acción y el desinterés en la recompensa que insistí en brindarles por la ayuda. Para mí eran tres héroes que no habían cumplido los diecisiete años.

Yo también pensé que el mejor favor que se les podía hacer era sacarlos de allí.
Lo de luchar en guerras extrañas no se los pude quitar de la cabeza, por más que intenté decirles que había otros métodos, y que el mundo era más ancho que irse a la tierra de los gringos a servir como braceros. Les dije de todo, pero no hubo forma.
Callaron por respeto, pero ya tenían grabado como a fuego aquel plan bárbaro para obtener el papel que los convirtiera en ciudadanos legales.
Así que les di el dinero, gustoso. Ni esperaba cobrarlo ni les pedí interés. Ya me pagarán, fue todo lo que les dije.
Quinientos dólares, bastante más de lo que me habían pedido nerviosos y casi sin querer pedirlos.
Se fueron esa misma noche.

Me sentí vil por mentirle a la madre de Perdularia cuando tres días después vino a preguntarme si sabía algo del paradero de su hijo. Alguien le había dicho que los vieron entrar en mi casa el último día que los vieron por el puerto.
Cuando le hablé de mi admiración por los chicos y le conté el apuro del que me sacaron, tuve la impresión de que había despejado una oscura sospecha. Se sintió menos desconsolada.
Pero era muy pronto para revelar sus planes, así que salí del paso contándole que vinieron a preguntarme si en la capital tendrían más oportunidades de encontrar trabajo. No pude decirle la verdad, y siempre lamenté no hacerlo.

Qué fue de aquellos muchachos fue algo que me preguntaba de cuando en cuando. Sobre todo en los días de tormenta cuando se me volvía a encoger el corazón al recordarlos a los tres braceando entre aquellas olas inmensas. La respuesta no la supe de forma inmediata.

Llegó cuando ya no la esperaba, cuarenta y cinco años más tarde.
Un hombre sonriente, bien vestido y con aspecto hindú, entró precedido por mi secretaria en mi despacho.
Al principio no le reconocí, pero al ver el sobre de manila que el hombre me extendió con el inequívoco escudo de la armada norteamericana caí en la cuenta de que era Chandra.
Nos abrazamos como lo hacen dos viejos amigos al reencontrarse. Y nos fuimos a comer al restaurante de un hotel cerca de mi oficina.
Teníamos tantas cosas que contarnos que le pedí que lo hiciera de forma cronológica. Me dijo que el viaje hasta la frontera no fue complicado. Ni el paso con los coyotes por el desierto. La complicación vino al irse a enrolar sin documentos, porque ninguno de ellos tuvo la precaución de llevar siquiera una cédula o una partida de nacimiento. Fue sólo porque un sargento de origen griego se puso a hablar por teléfono en su lengua natal que Perdularia resolvió el problema mediante un subterfugio legal que el mismo sargento les propuso. Pasaron la prueba de la instrucción sin mayores problemas, y terminaron embarcados rumbo a Vietnam en batallones distintos.
Rubén fue el primero en caer, víctima de una mina. Luego le tocó a Perdularia. Anastasiou Karularios, era su nombre. Desaparecido en combate en la provincia de Ninh Thuan. La culpa, enquistada en mí durante tantos años, me hizo creer que cabía la posibilidad de que Perdularia siguiera vivo, nadando en el Egeo, cruzando el Helesponto.

Pero Chandra fue el único que volvió, ya ciudadano americano por derecho. Trabajó duro y ahora tenía negocios de lavandería en California. Me invitó a visitarle, le dije por supuesto que ya estaba demasiado viejo para hacer viajes.
Le pregunté si fue a ver a su familia. Me respondió que no, que todos habían muerto y que, en todo caso, él había sido repudiado para siempre por su desobediencia.

Dentro del sobre estaban las condecoraciones póstumas, algunas cartas escritas entre ellos, los dos certificados de defunción y quinientos dólares nuevos en billetes de cien.

miércoles, 15 de abril de 2009

INCITACION

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Le escribí este poema:
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INCITACION

Dime que sí, anda,
tócale, ¿no ves cómo tirita?
Como si pudiera verte, mírale,
la hirsuta suavidad que te complace.
¿No le oyes casi balbucear?
Ay, si yo fuera tú me bastaría
no andaría buscándote
-ni tú elusiva-
Cálmale anda,
no hay rebeldía en la caricia,
ni codicioso es anhelarla.
Gírate plena, como él,
que adelante su siembra
mientras tú yaces no muerta
lunar sobre arenas blancas,
entreabierta la boca, los ojos...
preparada.

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Me dijo que nadie le había escrito un poema antes.
No se sonrojó, cosa que ya había previsto, y lo guardó primorosamente doblado en el bolsillo derecho de su bata, mientras me miraba fijamente, descarada y aséptica.
Y quién le habría escrito antes un poema, me pregunté, cuando la vi desaparecer por el pasillo, empujando el carrito metálico con el que repartía las bandejas de comida entre los desahuciados de la cuarta planta.
Qué culo de piedracarne, me dije. Qué andares de prima ballerina. Porque el culo que su hobby como monitora de aerobic le había formado era un milagro, un combate arcano entre anatomía y geología.
Conseguir follar con ella luego de mi villanía literaria no fue complicado. La complicación empezó cuando empezó a citarme en lugares extraños, como cuartos de basuras, almacenes de suministros, habitaciones vacías, camillas en los pasillos. Había creado un monstruo que poco a poco iba metiéndome en un juego atrevido.
Un médico no lo habría hecho mejor. Pero es que ningún médico podría haber logrado mi pericia, adquirida en mis años de juventud, en el pueblo, donde todo el monte era de Venus para un hijo de alcalde con los ojos verdes.

Así que cuando el jefe de guardia nos pilló follando en su oficina, le pedí que no dijera nada; aduje que yo la había incitado. Y era cierto.
Lo que no le dije fue lo del poema.

domingo, 12 de abril de 2009

ECLOSIÓN (presentado en certamen "viviencias" Ed. Oriola)

Salvaje orquídea gigante... Luminosa corola de amarillos rabiosos y rojo de sangre... Violentos pétalos de humo negro que oscurecen paisaje y sentidos engullendo destellos de una herida recién abierta.
Sordo estampido que, desde el suelo alejado, agolpa toda la intensidad de calor doliente en mi entrecejo ante la incredulidad de una estampa onírica...
Pero no es un mal sueño... Lo sabría... Podría, si lo fuera, despertarme cuando ya no soportara mi desazón de boca seca y respiración cortada... La escena, quizá alguna vez imaginada, se graba con la profusión de pequeños detalles que escaparían a la limitada percepción de una pesadilla.
El accidente es real... sin paliativos...
A mi amigo se le quebraron las alas cuando el Destino, en cruel sentencia, le escribió la palabra "muerte", en el punto justo y segundo exacto... para enmarcarlo con los elegidos...

jueves, 2 de abril de 2009

Tres misterios de la carne (híbrido eroticofestivaleropoético)

TIA MATERNA

No sé, no recuerda si llevaba perfume. En todo caso era el aroma natural que emana de la carne joven, limpia, sin la corrupción de la edad. Dieciocho años inalcanzables para mis siete apenas. ¿Puede un niño de siete años excitarse, sentir el delirio de la embriaguez entre la piel secreta de unos muslos?

Gabriel afirmaría que sí, que sí es posible. Sucedía cada vez que se sentaba en el suelo, a los pies del sofá, y ella entreabría sus piernas para atenazarle suavemente la cabeza entre sus rodillas y ensortijarse los dedos con los rizos de su pelo. Y musitaba boleros con una despreocupación de hembra que también lo excitaba:

Yo quiero ser un solo ser/y estar contigo/te quiero ver en el querer/para soñar.

Y yo cerraba los ojos. Para concentrarme en la sinfonía primigenia del ardor y aspirar como un lobezno la tibieza en la que se confundían el aroma de su piel ungida de crema Nivea con la lejana orina y el almizcle del sexo.

La marcada sensualidad de aquellos episodios inocentes fueron su primer aprendizaje sensorial. En adelante, cualquier encuentro tendría necesariamente que pasar la prueba de los aromas corporales, y la piel debería tener la misma consistencia firme, tibia y sedosa, tal como la recordarían para siempre sus mejillas.

EVA NEGRA

No era virgen cuando gozó su cuerpo por vez primera, aunque tampoco parecía experimentada. Y nadie habría podido afirmar que aquella mujercita pudiera concentrar entre sus muslos la fuerza animal de las fieras africanas.

Porque era menuda de cuerpo y de pechos pre núbiles. Porque era tímida, como no lo ocultaban sus ojos de animal asustado.

Porque él tenía entonces casi cuarenta años y ella no llegaba a veinte.
Fue a los pocos meses de conocerla cuando ella se transfiguró con una furia primitiva que lo dejaba agotado y lleno de arañazos.

-Heridas de guerra. Y satisfecho, en toda la plenitud de la palabra, y deseando al mismo tiempo renovar mis fuerzas para encontrarme nuevamente entre la noche angosta de sus caderas. Mientras la penetraba, ella se mordía casi ferozmente la carnosidad racial de sus labios hasta encontrar el sabor metálico de su propia sangre. Y cuando esto sucedía, cerraba los ojos, como queriéndose concentrar en ese ritual del placer que le llenaba la boca.

Aquellas relaciones salvajes los llevaron a experimentar cosas nuevas, como afeitarse el sexo mutuamente, o hacerlo bajo el agua en una suerte de apnea del sexo.

No parecía haber límites, ni los plantearon.


Hasta que me anunció que se marchaba a Kisumu para casarse como estipulaban sus padres. Y una tarde me amó por última vez con una lentitud desconocida, mientras una brisa marina vulneraba el peso de las cortinas para recorrernos delicadamente los cuerpos desfallecidos.

Si Eva fue negra, como afirman los científicos, debió ser así, como ella.


TÚ, ESTA NOCHE

Esta noche huele a lluvia y tengo mis suburbios invadidos por luciérnagas hermosas; las has traído con tu frente, convencida y cierta, mientras me palpas las entrañas con los ojos.
Yo quisiera desnudarte entonces, sin preámbulos ni besos, con la certeza del escultor que cincela en la piedra una delicada mano o una sonrisa leve.
Pero me detienes con tus labios, y me entretienes, traviesa, mientras te alzas y conviertes en la gacela vehemente intentando alcanzar, erguida, el tallo más tierno de la rama, y te demoras por mi pecho y por el tuyo yo asciendo al firmamento.
Tu bahía se abre de pronto con el fulgor de un rayo en medio de la alta noche. Y yo soy Ulises retornado a tu encuentro, cansado de mares y aventuras. Tenso el arco de la dicha y mi flecha parte en dos el más maduro fruto.

Esta noche llueve, lo sabía.
Y lloverá así toda la noche, mientras tú respiras de mi cuello, empapada de amor, dormida ya, mientras te sueño.

miércoles, 1 de abril de 2009

RULETA RUSA

Cerré la puerta despacio sin hacer ruido, colgado de una breve maleta vacía de bienes gananciales. Detrás dejaba, de espalda y olvidándolo a fuego lento, un suplicio de varios años.
Acorralado entre el precipicio abierto a mis pies y la oscura mazmorra al otro lado del callado portazo, di los primeros pasos de superviviente ante un itinerario nuevo de cabeza baja y pies arrastrados...
Recién jubilado, seguía vivo. Vivo y dolorido. Perplejo por el diseño de mi destrucción, calculada con la perversidad de que el tiempo jugase conmigo a rematarme disparando yo el arma.
¡Pobres niños!... Una jueza había decidido que se quedaran con aquella madre y que yo siguiera pagando...
Y en la oquedad de mi maltrecho cerebro, resonando insistente, como letanía susurrada, la letra de una copla de amargura y desamores:
"...nunca sabrá un hombre lo que gana
cuando pierde a una mujer como tú... "
Yo sí supe cuánto gané tras haberlo perdido todo... Mis hijos... Por ellos no me apreté el gatillo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

EL ORIGEN DE UN CUENTO


En las playas del Índico es frecuente encontrarse con unas caracolas curiosas de forma cónica.
Siempre me atrejeron sus trazos oscuros, que forman líneas a modo de escritura. Me recordaban el lenguaje binario de los ordenadores, y me intrigaban, como si en realidad tuvieran un mensaje oculto.
Tuve varias en el apartamento en el que viví en Mombasa, junto a los libros, y siempre supe que algún día escribiría algo sobre ellas.

Pasaron doce años de aquello. Y casualmente, gracias a Internet, me encontré con el nombre científico de las caracolas: "Conus Litteratus" ¡Conos literatos! El nombre les había sido adjudicado por el propio Linneo.
El científico sueco no habría podido ponerles un nombre más apropiado. Era el dato que me faltaba para escribir el cuento.

Está verde como los plátanos verdes, pero quería compartirlo.

También he puesto a pie de cuento el significado de algunos términos del judaísmo que no son explicados en el texto.

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LA PROFECIA DE GABRIEL


Gabriel acaba de cumplir siete años y no sabe leer el hebreo.

Los caracteres Rashi* de las notas comerciales de su abuelo son tan misteriosos como los de los libros que lee al revés. El alfabeto hebreo le recuerda a Gabriel las pisadas tempranas que las gaviotas dejan en la arena de la playa.

Sobre la estantería reservada a los libros sagrados, el abuelo ha colocado siete caracolas marinas. No es un capricho estético, sino la curiosa forma en que intenta resolver la escasa retentiva y el nulo interés por la lengua litúrgica que parece tener Gabriel.

Sin saber leer hebreo no podrá realizar el Bar Mitzva; y no podrá contarse como adulto para el Minyan, el quorum requerido para los rezos; y será tan inútil los días de Pascua como un mudo intentado avisar de un incendio.

El abuelo es firme en su decisión. Y aunque no lo dice en voz alta, su hija alaba la idea de hacer de su pequeño un buen judío. Pero la idea de colocar esas caracolas marinas en la estantería le parece un tanto extravagante.

-¿Qué son, nono?

Gabriel ha reparado en las caracolas. Son cónicas, blanquecinas y brillantes. Tienen pequeñas rayas y puntos paralelos alineados alrededor, como si estuvieran escritas en una lengua extraña.

Y lo están. Conus litteratus es su nombre científico. El mismo Linneo las bautizó así.

-Se llaman Conos literatos, porque cuentan cuentos. ¿Cuentos? Sí, cuentos sobre el mar y las profundidades. Sobre los peces secretos que nadie puede ver; y describen la oscuridad con muchísimas palabras. Han visto muchas cosas, incluso a la ballena que se tragó a Jonás. Fíjate, llevan escrito todas las cosas que han visto, usan la tinta de los pulpos. ¿Ves? Son todas parecidas, pero cada una cuenta una historia distinta.

A Gabriel se le abren los ojos, iluminados por una repentina curiosidad.

-¿Puedo jugar con ellas?

-No, no puedes. Es como los libros, tienes que aprender a leerlas antes. ¿Ves la Vav aquí? Y esta de aquí es Khaf y esta otra, Yod.

-Ahora vamos a devolverlas a su sitio.

Y las vuelve a colocar en lo alto. Siete conos como siete rollos intocables de la Torah.

Esa noche Gabriel sueña con Jonás. Y con la ballena. Siente el frío y la humedad en el vientre oscuro de la bestia Leviatán, que se los ha tragado a los dos tras caer de un barco en medio de una tormenta.

-¿Tú tampoco sabes leer hebreo? -Le pregunta a Jonás-. Jonás dice que sí, asintiendo con la cabeza. Su rostro es pálido y triste, como el nono el día en que murió la nona. Jonás no dice nada, solo mira a Gabriel, con los ojos llorosos; luego le extiende la palma de la mano y hace dos trazos imaginarios con su dedo índice. Y entonces Gabriel abre los ojos a la luz del día.

Amanece orinado hasta el cuello. Hacía meses que no pasaba.

El padre monta en cólera al descubrir la cama empapada. Hace que se desnude y lleve las sábanas hasta el lavadero del patio, como castigo. Empieza a discutir con la mujer, ha intuido que algo se cuece entre ella y su padre. Algo que tiene relación con el niño.

¡Eso es! Quieren hacerlo aprender a rezar, como si los rezos fueran a salvarle la vida. Como no se la salvaron a sus abuelos, ni a los hermanos de sus abuelos. A nadie, excepto a su padre, con trece años, que se escondió entre los cerdos de un vecino cristiano.

-En Bilgoraj* todos los judíos murieron asesinados. ¿No ves que es una pérdida de tiempo?

No es la primera vez que Gabriel escucha esta historia, pero es la primera vez que la oye a gritos, mientras él está desnudo, con las sábanas oliendo a orín a sus pies. Se siente diminuto y triste, como Jonás en el vientre de la ballena. O como los niños de los campos de concentración en aquel libro que su madre escondió tras sorprenderle hojeándolo en la cama.

Su madre hace un gesto desafiante con la mano, apretando los labios y con los ojos encendidos de ira. El padre comprende que ha ido demasiado lejos, y que es mejor callarse. Callarse y no discutir más el asunto.

Ella corre a cubrirlo con una sábana limpia y se lo lleva en brazos. Lo baña con agua tibia, le pone ropa limpia y le ata los cordones de los zapatos. Después le prepara el desayuno.

El abuelo sale de su habitación al oír cerrarse la puerta de la casa. Se sienta a la mesa y le sonríe a Gabriel. Gabriel le mira, también sonriente, luego moja en la leche su dedo índice y escribe dos trazos sobre la mesa:

ו כ

-Esta es Kaf, y esta Vav. Me las enseñó Jonás, anoche, dentro de la ballena.

Al abuelo le resbala una lágrima. Al contrario que con los trazos de las caracolas, es capaz de descifrar la profecía oculta en el sueño de Gabriel.

Ambas letras suman 26, el valor numérico del nombre del creador; y 2 más 6 suman ocho, que es la edad a la que Gabriel habrá aprendido a leer hebreo con su abuelo, en secreto, para sorpresa de todos. Y En la noche del Seder, la cena de la pascua judía, Gabriel iniciará la lectura preceptiva de la Hagadá* desde la frase "Eramos esclavos en la tierra de Egipto..." en perfecto hebreo, sin vacilaciones.

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Rashi: Los sefardíes solían escribir el judeoespañol en 'caracteres Rashi', como se conoce un estilo peculiar del alfabeto hebreo desarrollado por el sabio francés rabi Shlomo Itzjaki del siglo XI, más conocido por su acrónimo Rashi.

Bar Mitzva: Se llama así al niño que a los trece años alcanza su mayoría de edad religiosa. Para marcar este momento decisivo en la vida de un niño judío, es convocado a la lectura de la Torá para recitar las bendiciones. Dicha lectura es obligatoriamente en Hebreo.

Bilgoraj: Pequeña ciudad en el sudeste de Polonia. Durante la segunda guerra mundial todos los judíos de esta población fueron asesinados.

Hagadá: Relato que contiene las lecturas prescriptas para la ceremonia del seder, narrando el exilio de los judíos de Egipto y explicando las distintas partes del ritual.



domingo, 15 de marzo de 2009

Y SE INVENTÓ EL BOLÍGRAFO...

¡Ínclita Dª Matilde!... Maestra pretigiosa... provecta solterona... oscura paquidermia propensa a la ira... rictus de amargura enmarcado en macilenta carrillera colgante que impedía cualquier atisbo de sonrisa... voz rugiente y aterradora... Y los castigos corporales... tortura cotidiana con aquella infame excusa de "la letra con sangre entra".
A mi Padre le habían traído de París un artilugio sorprendente. No era lápiz ni pluma, pero escribía con un trazo perfecto. Creo recordar que me dijo que se llamaba bolígrafo, o algo así...
Lo había encargado como regalo de mi cumpleaños el día que cumplía los ocho. Me sentía orgullosísimo de mi valiosa posesión y estaba ansioso por exhibirla al día siguiente en el colegio. La utilizaría para sustituír a la plumilla del 5 en el copiado de redondilla...
Apenas lo mostré, la represión fue terrible. Dª Matilde delegó el castigo en su sicaria favorita, la Srta. Pilarín... La salvaje paliza con palmeta de madera, ejecutada en la clase de las niñas para mayor humillación, acabó con mi poco aprecio por los recuerdos de la infancia...

viernes, 13 de marzo de 2009

El traje del difunto

Lucas García era el capataz de la finca Las Bonitas, y se mató tras caerse de mala manera del caballo.
Por lo que se pudo averiguar el mismo día del percance, el animal debió de asustarse al ver el serpenteo de una culebra que se le cruzó en el camino que llevaba al establo. Todavía quedaban sus trazos sobre el polvo, y coincidían en el escenario los cascos del caballo y la mancha de sangre sobre una piedra. Fue un accidente absurdo.

A pesar de su rudeza y parquedad, Lucas García era famoso por su ecuanimidad y sentido de la justicia al tratar con sus subordinados y se había procurado la estima de sus conocidos.
Como el velatorio se preveía multitudinario, tuvieron que habilitar un antiguo secadero cubierto por un techo de uralita metálica y de planta cuadrada y amplia que los hombres se apresuraron a pintar de blanco el día antes; también quitaron la malla oxidada que tapaba las ventanas que había a unos cuatro metros del suelo, para que de esta forma pudiera circular más aire.
El secadero quedó adecentado con la mejor estética que los lugareños podían lograr. Rústico para el gusto de un capitalino, pero sin duda decente para un funeral de campo, y se diría que hasta acorde con la naturaleza del difunto.
Contra las cuatro paredes del recinto se colocaron las sillas, y el cajón con el finado se ubicó en el centro de la estancia sobre una mesa que parecía demasiado baja, de forma que quien quisiera echar un último vistazo a Lucas García tendría que verlo desde una perspectiva inusual para estos casos, como si estuviera echado sobre una camilla.

Solo el imperceptible chillido de los murciélagos que se colaban por las ventanas y esquivaban el ataúd a gran velocidad parecía romper el silencio dentro de aquella estancia en la que no había casi nadie, pues el centro de actividad del duelo estaba afuera.
Los asistentes se arremolinaban alrededor de una mesa dispuesta con comidas, café y botellas de aguardiente. Bajo los efectos del licor, los peones terminaban envalentonándose y los que tenían pistola disparaban al aire y daban gritos, mientras otros se peleaban tras peregrinas discusiones en las que cada uno aseguraba ser más amigo o más querido del difunto.

Antonio Araujo era el que más había bebido. Miraba con ojos enrojecidos desde un fondo aguanoso y desconfiado, y se iba dando tumbos y enredando en peleas que no pasaban de bravuconadas de borracho, hasta que finalmente entre dos caporales lo sentaron a la fuerza dentro del secadero para alejarlo de la visión del aguardiente. Allí se quedó con la barbilla sobre en el pecho, roncando la borrachera hasta que despertó con apariencia sobria unas cuatro horas después.
Araujo era un mozo de cuadra responsable y honrado, pero testarudo y de aspecto malencarado. Era capaz de replicarle al mismo don Camilo Balbuena, el dueño de la finca, y a quien fuera. Contaban que hasta don Camilo había terminado dándole la razón sin mostrar enfado ante su falta de respeto en más de una ocasión. Esta cualidad le había hecho creer que en realidad él debería ser también un capataz, y poco antes de morir Lucas García ya había apalabrado con él marcharse a finales de mes para probar fortuna como capataz en una finca más al norte.
Don Camilo explicaría más tarde que el puesto de capataz suele darse a los líderes natos. No es fácil hacerse respetar entre estos bárbaros, dijo. Hay que nacer con algo más que mal genio, y Lucas tenía ese don.
Claro que don Camilo parecía tener una especial debilidad por su capataz; las malas lenguas decían que era su propio hijo. Pero esto, al no poder comprobarse por los propios interesados, se quedaba en el ámbito de las habladurías.
Antonio Araujo sí creía aquellos chismes, y encontraba en ellos una explicación al agravio comparativo con el que el destino le había marcado. ¿No habían nacido con días de diferencia, de madres indias, pobres y en la misma zona? ¿No habían ido juntos a la misma escuela hasta que fueron grandes para empezar a trabajar los dos en la finca de don Camilo? ¿Y no se habían ambos desvivido y desvelado por y para aquella finca?
Pero el caso es que Lucas fue nombrado capataz, y Antonio no pasó nunca de mozo de cuadra.

Cuando Antonio Araujo despertó entre los vapores etílicos de su sudor, se dio cuenta de que se hallaba en un funeral y de que ni siquiera había presentado sus respetos a los deudos ni echado un último vistazo al rostro del difunto.
Se irguió intentando recuperar algo de solemnidad y se dirigió con paso firme hasta el ataúd. Y fue entonces cuando se fijó en el traje por primera vez.
Era un traje azul, de paño con apariencia fina y de excelente corte. Le daba al muerto el aspecto elegante de un cantante de boleros. Antonio Araujo rodeó el cajón un par de veces, deslumbrado ante la visión de Lucas García con aquel traje.

Es de imaginar que en aquel preciso momento fue cuando se dijo que aquel traje era un desperdicio, que de qué uso le iba a ser al muerto ni a los gusanos. Antonio Araujo nunca confesó si en ese mismo instante también ideó o fantaseó con la idea de quitarle de alguna forma el traje al cadáver de Lucas García, ni tampoco si la idea le estuvo rondando en la cabeza hasta que al tercer día no pudo resistir.
Porque fue al tercer día cuando Antonio Araujo se levantó de madrugada y se dirigió al cementerio. El dijo que llevaba una botella de aguardiente y una linterna de mano metida en un saco, y en la otra mano la pala que usaba para recoger el estiércol; dijo que al llegar al cementerio sintió el impulso breve de regresar a su casa, pero que se tomó otro trago de aguardiente y saltó la tapia del cementerio. Desenterrar el ataúd le llevó una hora, y como la tapa estaba clavada tuvo que destrozarla con la pala, dijo que no le costó mucho desvestir al cadáver, pues ya había perdido la rigidez y que volvió a colocar como pudo la tapa despedazada sobre el muerto para volver finalmente a cubrirlo todo con tierra. Metió el traje en el saco para que no se ensuciara y se marchó sin ser visto justo antes de que amaneciera.
Los dos días posteriores al hecho dejaron un hueco que no fue posible llenar, porque nadie vio a Antonio Araujo ni este recordaba qué había hecho durante ese tiempo. Pero pasados esos dos días lo encontraron en una cantina al lado de la terminal del pueblo cercano, perdidamente borracho, con tufo a muerto y diciendo barbaridades.
No se sabe quién reconoció el traje del difunto, ni quién avisó a la guardia de hacienda para que lo arrestaran. Pero con aquel traje lo llevaron al juzgado, y como Antonio Araujo era conocido como hombre honrado aunque dado a la bebida, y como su propia confesión, hasta donde recordaba, fue hecha con una facilidad liberadora, el capitalino que pagaba sus propias culpas impartiendo justicia en aquel lugar perdido, entendió que la culpa con la que vivió Antonio Araujo obró como un castigo justo y suficiente, y que por tanto aquel crimen no merecía mayor castigo que una semana de arresto y la multa suficiente para reparar el daño en el ataúd.

Antonio Araujo vivió muy poco tiempo más después de aquello, terminó muerto a cuchilladas en una reyerta de borrachos.
Días antes había sabido del propio don Camilo Balbuena que el traje había pertenecido a don Camilo, quien lo cedió para vestir el cadáver de su hijo ilegítimo; y que él mismo, Antonio Araujo, era hermanastro de Lucas García, y que ambos, por tanto, eran sus hijos bastardos.

martes, 10 de febrero de 2009

Los adultos no hacen esas cosas

Los dibujos que fueron apareciendo en los pasillos del edificio terminaron soliviantando a la comunidad de vecinos de un edificio de la calle XXXXXXXXX, entre Manuel Becerra y Ventas.
El primer dibujo había aparecido hacía dos meses, junto al ascensor del primer sotano que da a la puerta del garaje.
Era la silueta de un desnudo femenino, bastante esquemático pero armónico en las formas.
No era el dibujo de un niño, eso estaba claro, y achacar a un adulto aquella gamberrada en un edificio de gente bien producía entre algunos vecinos la extraña inquietud de vivir al lado de un perturbado mental.

Hacia el comienzo del verano, la audacia pictórica del artista se agudizó de forma exponencial. Las siluetas tímidas de los comienzos habían dado paso a figuras humanas en toda clase de posturas tan abigarradas como indecorosas. Estaban llenas de detalles, como vello púbico extraordinariamente logrado y sombras que delataban un profundo conocimiento de la anatomía humana.
Cuando el catedrático de la complutense que vivía en el cuarto piso se encontró de bruces con la imagen de una doncella abierta de piernas, se le vino a la mente la cripta de los Medici que contiene los dibujos que Leonardo había realizado en un esfuerzo por curar su espanto.
Así lo dijo en la junta extraordinaria de vecinos que se convocó para encontrar una solución a los dibujos que invadían ya los dos sotanos y el pasillo de la primera planta que daba a la piscina. Pero nadie le hizo puñetero caso y todos le miraron como si se tratara de un extraterrestre.
El catedrático decidió callarse y escuchar sentado las quejas en crescendo que terminaron en una griterío a varias voces sobre si aquellos dibujos obscenos podían ser clasificados como arte.
La discusión se desvió finalmente hacia el verdadero problema: un vecino anónimo, adulto, y con conocimientos de dibujo estaba sembrando las pareces comunitarias con sus guarrerías.
Estaba claro que había que disuadir mediante anuncios en el tablón y en los ascensores y luego arreglar el estropicio pintando con pintura plástica lavable.
El presidente, un policía jubilado conocedor de esa ralea humana capaz de todos los desmanes posibles, creía que aquello sería suficiente antes de tomar medidas coercitivas. Así lo dijo, medidas coercitivas.
-Como yo pille al de las pollas le corto los huevos, sentenció un tipo barbudo que vivía en el bajo. -Lo que tendríamos que hacer es poner cámaras y sanseacabó.
La idea les pareció una buena opción a una mayoría de vecinos entre los que estaba el secretario, que según los chismes de escalera era un firme candidato a la presidencia. Así que pidieron al administrador que obtuviese tres presupuestos para poner cámaras en pasillos y sotanos.
-Habrá que cumplir con la ley de protección de datos, salté yo. La sola mención de la ley hizo que algunos, ya de por sí reacios por vaya usted a saber qué oscuras razones, se unieran en una sola voz para pedir al administrador que averiguase si era legal aquella medida. No fuera a ser que encima nos denunciaran. El administrador, que no era sino un pobre mandado del verdadero administrador de fincas, y que además desconocía el verdadero alcance de las leyes de propiedad horizontal, tomaba notas sin atreverse a mirar a nadie por si le hacían alguna pregunta.

Como suele suceder en estos casos, subimos a casa sin saber exactamente cual sería la medida a adoptar para evitar los dibujos, graffitis o pintadas que empezaban ya a contar con la adición de color diluído, de forma que las sombras ya no estaban definidas con las líneas hechas por la punta de un objeto metálico, tal vez una llave, sino que estaban pintadas directamente usando un pincel de pelo.

-Dime que no has sido tú.
Por alguna razón esperaba la pregunta, y no pude evitar sonreírle a mi mujer.
-¡Eres tú! ¡Lo sabía! Bajé la guardia en mala hora, porque la esperada complicidad dio paso a una bronca monumental que terminó con un llanto quejumbroso.
-Con lo que nos ha costado el piso, y tú con tus niñerías estás haciendo que este parezca un edificio de gentuza. Así no nos van a dar lo que queremos, ya le puedes decir adiós al chalet con jardín y tu estudio... Siguió la retahíla durante algún tiempo más, pero mi atención se había desplazado hacia los lomos de los libros en las estanterías. Me dirigí a la sección de biografías, cogí el de Los Borgia y me encaminé hacia el baño. Cuando salí, ella no estaba. Recordé que tenía que salir con su madre a comprar alguna cosa.
A la mañana siguiente, alguien había añadido sombras a una pareja inacabada que follaba en la posición del loto. También había rematado las figuras y añadido algo parecido a unos almohadones para cumplir con la regla áurea del conjunto.
Estuve intrigado durante toda la mañana, pensando en quién sería el epígono que se había unido con tanto entusiasmo y arte a la aventura de pintar en paredes prohibidas.
El misterio quedó resuelto por la noche, cuando volví a casa y vi a la ambulancia detenida en el portal, del cual sacaban en camilla a un hombre con la cabeza vendada.
Era el catedrático, que había sido pillado in fraganti por el barbudo del piso bajo, mientras pintaba un carruaje cargado de efebos que era tirado por un centauro en erección. Era sin duda una obra maestra de la línea pura, exquisito en sus formas y perfecto en los detalles y en la armonía. Ni Picasso.
Lástima de la sangre salpicada que seguía un rastro hasta el portal. Aquel animal se había ensañado con él.
A la semana siguiente supe que la mujer del barbudo le había plantado una cornamenta y se había largado con su jefe, así que estaba bastante soliviantado cuando pilló al pobre catedrático en su faena artística.
Esa misma noche de los hechos se lo llevaron a comisaría. Volvió al día siguiente, más barbudo y sucio. Se fue con una maleta pesada dos días más tarde, le dijo a una vecina que se iba de vacaciones.
Esa semana la aproveché para comprar un pirógrafo y tallar a fuego, en la puerta de entrada del piso del barbudo, un minotauro barbudo, de pie, con una polla de tamaño infantil.
El pirógrafo no lo volví a usar después de aquello. Tampoco volví a pintar nada en los pasillos.
Al fin y al cabo, los adultos no hacen esas cosas.