martes, 10 de febrero de 2009

Los adultos no hacen esas cosas

Los dibujos que fueron apareciendo en los pasillos del edificio terminaron soliviantando a la comunidad de vecinos de un edificio de la calle XXXXXXXXX, entre Manuel Becerra y Ventas.
El primer dibujo había aparecido hacía dos meses, junto al ascensor del primer sotano que da a la puerta del garaje.
Era la silueta de un desnudo femenino, bastante esquemático pero armónico en las formas.
No era el dibujo de un niño, eso estaba claro, y achacar a un adulto aquella gamberrada en un edificio de gente bien producía entre algunos vecinos la extraña inquietud de vivir al lado de un perturbado mental.

Hacia el comienzo del verano, la audacia pictórica del artista se agudizó de forma exponencial. Las siluetas tímidas de los comienzos habían dado paso a figuras humanas en toda clase de posturas tan abigarradas como indecorosas. Estaban llenas de detalles, como vello púbico extraordinariamente logrado y sombras que delataban un profundo conocimiento de la anatomía humana.
Cuando el catedrático de la complutense que vivía en el cuarto piso se encontró de bruces con la imagen de una doncella abierta de piernas, se le vino a la mente la cripta de los Medici que contiene los dibujos que Leonardo había realizado en un esfuerzo por curar su espanto.
Así lo dijo en la junta extraordinaria de vecinos que se convocó para encontrar una solución a los dibujos que invadían ya los dos sotanos y el pasillo de la primera planta que daba a la piscina. Pero nadie le hizo puñetero caso y todos le miraron como si se tratara de un extraterrestre.
El catedrático decidió callarse y escuchar sentado las quejas en crescendo que terminaron en una griterío a varias voces sobre si aquellos dibujos obscenos podían ser clasificados como arte.
La discusión se desvió finalmente hacia el verdadero problema: un vecino anónimo, adulto, y con conocimientos de dibujo estaba sembrando las pareces comunitarias con sus guarrerías.
Estaba claro que había que disuadir mediante anuncios en el tablón y en los ascensores y luego arreglar el estropicio pintando con pintura plástica lavable.
El presidente, un policía jubilado conocedor de esa ralea humana capaz de todos los desmanes posibles, creía que aquello sería suficiente antes de tomar medidas coercitivas. Así lo dijo, medidas coercitivas.
-Como yo pille al de las pollas le corto los huevos, sentenció un tipo barbudo que vivía en el bajo. -Lo que tendríamos que hacer es poner cámaras y sanseacabó.
La idea les pareció una buena opción a una mayoría de vecinos entre los que estaba el secretario, que según los chismes de escalera era un firme candidato a la presidencia. Así que pidieron al administrador que obtuviese tres presupuestos para poner cámaras en pasillos y sotanos.
-Habrá que cumplir con la ley de protección de datos, salté yo. La sola mención de la ley hizo que algunos, ya de por sí reacios por vaya usted a saber qué oscuras razones, se unieran en una sola voz para pedir al administrador que averiguase si era legal aquella medida. No fuera a ser que encima nos denunciaran. El administrador, que no era sino un pobre mandado del verdadero administrador de fincas, y que además desconocía el verdadero alcance de las leyes de propiedad horizontal, tomaba notas sin atreverse a mirar a nadie por si le hacían alguna pregunta.

Como suele suceder en estos casos, subimos a casa sin saber exactamente cual sería la medida a adoptar para evitar los dibujos, graffitis o pintadas que empezaban ya a contar con la adición de color diluído, de forma que las sombras ya no estaban definidas con las líneas hechas por la punta de un objeto metálico, tal vez una llave, sino que estaban pintadas directamente usando un pincel de pelo.

-Dime que no has sido tú.
Por alguna razón esperaba la pregunta, y no pude evitar sonreírle a mi mujer.
-¡Eres tú! ¡Lo sabía! Bajé la guardia en mala hora, porque la esperada complicidad dio paso a una bronca monumental que terminó con un llanto quejumbroso.
-Con lo que nos ha costado el piso, y tú con tus niñerías estás haciendo que este parezca un edificio de gentuza. Así no nos van a dar lo que queremos, ya le puedes decir adiós al chalet con jardín y tu estudio... Siguió la retahíla durante algún tiempo más, pero mi atención se había desplazado hacia los lomos de los libros en las estanterías. Me dirigí a la sección de biografías, cogí el de Los Borgia y me encaminé hacia el baño. Cuando salí, ella no estaba. Recordé que tenía que salir con su madre a comprar alguna cosa.
A la mañana siguiente, alguien había añadido sombras a una pareja inacabada que follaba en la posición del loto. También había rematado las figuras y añadido algo parecido a unos almohadones para cumplir con la regla áurea del conjunto.
Estuve intrigado durante toda la mañana, pensando en quién sería el epígono que se había unido con tanto entusiasmo y arte a la aventura de pintar en paredes prohibidas.
El misterio quedó resuelto por la noche, cuando volví a casa y vi a la ambulancia detenida en el portal, del cual sacaban en camilla a un hombre con la cabeza vendada.
Era el catedrático, que había sido pillado in fraganti por el barbudo del piso bajo, mientras pintaba un carruaje cargado de efebos que era tirado por un centauro en erección. Era sin duda una obra maestra de la línea pura, exquisito en sus formas y perfecto en los detalles y en la armonía. Ni Picasso.
Lástima de la sangre salpicada que seguía un rastro hasta el portal. Aquel animal se había ensañado con él.
A la semana siguiente supe que la mujer del barbudo le había plantado una cornamenta y se había largado con su jefe, así que estaba bastante soliviantado cuando pilló al pobre catedrático en su faena artística.
Esa misma noche de los hechos se lo llevaron a comisaría. Volvió al día siguiente, más barbudo y sucio. Se fue con una maleta pesada dos días más tarde, le dijo a una vecina que se iba de vacaciones.
Esa semana la aproveché para comprar un pirógrafo y tallar a fuego, en la puerta de entrada del piso del barbudo, un minotauro barbudo, de pie, con una polla de tamaño infantil.
El pirógrafo no lo volví a usar después de aquello. Tampoco volví a pintar nada en los pasillos.
Al fin y al cabo, los adultos no hacen esas cosas.