viernes, 24 de abril de 2009

Los Trinidad

Chandra, Rubén y perdularia. Se me vino a la cabeza esa mezcla de palabras, tan rítmica y llena de connotaciones. Las convertí en nombres propios primero, y en relato después.

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Chandra, Rubén y Perdularia. Tres eran, tres como la trinidad omnipresente. Y trinidad les llamaban porque siempre andaban holgazaneando juntos o haciendo las trastadas típicas de los muchachos ociosos.
Rubén, magnífico él, siempre mandando; Chandra detrás. Si Rubén tiraba la primera piedra, Chandra tiraba la segunda.
Perdularia era el más joven, y lo de Perdularia era el mote facilón por su apellido. Chipriota creo que era, no estoy seguro. De alguna isla de esas cercanas a Grecia, porque en griego lo maldecía su madre cuando le venían con los cuentos de las travesuras que a la trinidad se le achacaban.
Maldecir en griego no es raro por otras latitudes, pero en las costas del Pacífico de Guatemala aquello era un exotismo. Ni Chandra, que era hijo de indios de la India, tenía aquel encanto de la lejanía. Porque decir que era hijo de indios y tener la piel oscura no era novedad en aquella región, aunque supiera sánscrito y el nombre de mil dioses. Sin embargo, Chandra era hermoso y era el galán del trío. Su altivez no era propia de los indios de allí, ni su porte y delgadez de Sidharta, ni lo ojón que era con aquellas pestañas tan largas y oscuras.
Tampoco se quedaba atrás Perdularia que ya apuntaba rasgos de héroe con su piel tostada, sus rizos trigueños y su perfil Egeo, y porque nadaba como Leandro entre delfines y bien podría haber cruzado el Helesponto. En lugar de ello cruzaba a nado el estuario y acompañaba al práctico en la lancha las veces que el aburrimiento le azuzaba para hacer otra cosa mejor que reventar sapos o buscar culebras en trío.
Rubén era el único oriundo de la región. Pero algún ascendiente africano hubo en su árbol genealógico que le mandó en un salto de genes aquel pelo malo y la piel tirando a tizón. Su padre y madre, que eran cakchiqueles, no alcanzaron nunca a comprender estas cosas de la genética. La madre pensó en cosas de brujos. El padre, menos pragmático, lo atribuyó a los cuernos; y, ya de por sí pusilánime y vicioso, acabó borracho como estado civil, malviviendo entre porquería en el almacén que guardaba en el muelle. Algún mono, de esos enjaulados que aguardaban el paraíso de algún zoológico extranjero, le contagió una enfermedad vírica y desconocida. Murió durante la cuarentena, entre terrores de delirium tremens y diarreas de sangre.
Así que Rubén, no digo yo que maldito pero sí un tanto rechazado por su madre, se crió sobre todo en los muelles haciendo recados y esquilmando sacos arroceros con un tubo de caña.
Se podría decir que Rubén obtuvo algo así como la redención de su futuro incierto el día en que conoció a los dos muchachos que vinieron a pedirle que les enseñara las artes de pescar con lanza.

-No es fácil -les dijo.
Primero se hicieron las lanzas, procurándose la madera flexible cortada con la luna propicia. Luego tuvieron que prepararla bien, para que quedara perfecta, recta y afilada. Tres intentos después ya estaban armados para la pesca primitiva y sólo les quedaba aprender, sin más ciencia que la práctica, cómo funcionaba la distorsión de la luz en el agua, y adivinar el rumbo del giro súbito de los peces.
Todo esto lo aprendieron en poco más de tres semanas. Un día Chandra elevó triunfal un sábalo más bien escaso; y aunque a Perdularia le costó doce días más elevar otro pez parecido, desde entonces todo fue más fácil. En sus casas no faltaron de cuando en cuando unos pescaditos para la cena.
Buena falta hacían, porque en los años sesenta ya el comercio marítimo empezaba a menguar, y en el puerto empezaban a notarse las señales de herrumbre que anuncian la decadencia.

Chandra fue el primero que anunció la partida.
Sus padres insistían en casarlo con la hija de un tal Krishnashí que vivía en la capital. Sama, era el nombre de la chica. Ambos trabajarían en la tienda de suministros de su tío, y con ello tenían asegurado el alimento. Solo les quedaría tener hijos.
Con días de diferencia vino Perdularia, triste y demudado, anunciando que a él también se lo llevaban; como si fuera un paquete se lo llevaban. El padre había vuelto, reclamándolo para sí. Quería hacerlo un hombre en la marina. Y la madre asintió, llorosa y acongojada como si alguien se le hubiera muerto, pero decidida a que su hijo del alma no se quedara en aquel puerto para su perdición.

Rubén no durmió bien durante varias noches. Casi hasta estuvo tentado a aceptar el ron que como un reto le ofrecían de cuando en cuando los estibadores. Pero no, no lo hizo. Se acordaba de su padre y de sus ojos perdidos, inyectados de sangre. No bebería nunca ese veneno.

-Pasemos a los Estados -les propuso.
Por entonces no eran pocos los que se iban, cruzando el río Bravo. Dios mediante y coyotes mediante. Se contaba que si se enrolaban en el ejército para ir a la guerra de Vietnam como soldados, tendrían la nacionalidad nada más volver. La guerra los entusiasmaba como un temor del que era preciso curarse. Pero no había dinero para coyotes, y aquello quedaba lejos, lejos.

Fue entonces cuando acudieron a mí.
Los había conocido el invierno anterior, cuando me habían sacado de un apuro en medio de una tormenta. Casi había encallado, por mi falta de pericia, el yate de mi padre, que tomé prestado sin su permiso. Y ellos intercedieron con el práctico, se ofrecieron en plena tormenta a atar los cabos, y se arriesgaron con un valor que a mí me pareció inconsciente. Yo les estuve agradecido desde entonces, y les habría confiado mi vida de tanto como aprecié el arrojo de su acción y el desinterés en la recompensa que insistí en brindarles por la ayuda. Para mí eran tres héroes que no habían cumplido los diecisiete años.

Yo también pensé que el mejor favor que se les podía hacer era sacarlos de allí.
Lo de luchar en guerras extrañas no se los pude quitar de la cabeza, por más que intenté decirles que había otros métodos, y que el mundo era más ancho que irse a la tierra de los gringos a servir como braceros. Les dije de todo, pero no hubo forma.
Callaron por respeto, pero ya tenían grabado como a fuego aquel plan bárbaro para obtener el papel que los convirtiera en ciudadanos legales.
Así que les di el dinero, gustoso. Ni esperaba cobrarlo ni les pedí interés. Ya me pagarán, fue todo lo que les dije.
Quinientos dólares, bastante más de lo que me habían pedido nerviosos y casi sin querer pedirlos.
Se fueron esa misma noche.

Me sentí vil por mentirle a la madre de Perdularia cuando tres días después vino a preguntarme si sabía algo del paradero de su hijo. Alguien le había dicho que los vieron entrar en mi casa el último día que los vieron por el puerto.
Cuando le hablé de mi admiración por los chicos y le conté el apuro del que me sacaron, tuve la impresión de que había despejado una oscura sospecha. Se sintió menos desconsolada.
Pero era muy pronto para revelar sus planes, así que salí del paso contándole que vinieron a preguntarme si en la capital tendrían más oportunidades de encontrar trabajo. No pude decirle la verdad, y siempre lamenté no hacerlo.

Qué fue de aquellos muchachos fue algo que me preguntaba de cuando en cuando. Sobre todo en los días de tormenta cuando se me volvía a encoger el corazón al recordarlos a los tres braceando entre aquellas olas inmensas. La respuesta no la supe de forma inmediata.

Llegó cuando ya no la esperaba, cuarenta y cinco años más tarde.
Un hombre sonriente, bien vestido y con aspecto hindú, entró precedido por mi secretaria en mi despacho.
Al principio no le reconocí, pero al ver el sobre de manila que el hombre me extendió con el inequívoco escudo de la armada norteamericana caí en la cuenta de que era Chandra.
Nos abrazamos como lo hacen dos viejos amigos al reencontrarse. Y nos fuimos a comer al restaurante de un hotel cerca de mi oficina.
Teníamos tantas cosas que contarnos que le pedí que lo hiciera de forma cronológica. Me dijo que el viaje hasta la frontera no fue complicado. Ni el paso con los coyotes por el desierto. La complicación vino al irse a enrolar sin documentos, porque ninguno de ellos tuvo la precaución de llevar siquiera una cédula o una partida de nacimiento. Fue sólo porque un sargento de origen griego se puso a hablar por teléfono en su lengua natal que Perdularia resolvió el problema mediante un subterfugio legal que el mismo sargento les propuso. Pasaron la prueba de la instrucción sin mayores problemas, y terminaron embarcados rumbo a Vietnam en batallones distintos.
Rubén fue el primero en caer, víctima de una mina. Luego le tocó a Perdularia. Anastasiou Karularios, era su nombre. Desaparecido en combate en la provincia de Ninh Thuan. La culpa, enquistada en mí durante tantos años, me hizo creer que cabía la posibilidad de que Perdularia siguiera vivo, nadando en el Egeo, cruzando el Helesponto.

Pero Chandra fue el único que volvió, ya ciudadano americano por derecho. Trabajó duro y ahora tenía negocios de lavandería en California. Me invitó a visitarle, le dije por supuesto que ya estaba demasiado viejo para hacer viajes.
Le pregunté si fue a ver a su familia. Me respondió que no, que todos habían muerto y que, en todo caso, él había sido repudiado para siempre por su desobediencia.

Dentro del sobre estaban las condecoraciones póstumas, algunas cartas escritas entre ellos, los dos certificados de defunción y quinientos dólares nuevos en billetes de cien.

miércoles, 15 de abril de 2009

INCITACION

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Le escribí este poema:
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INCITACION

Dime que sí, anda,
tócale, ¿no ves cómo tirita?
Como si pudiera verte, mírale,
la hirsuta suavidad que te complace.
¿No le oyes casi balbucear?
Ay, si yo fuera tú me bastaría
no andaría buscándote
-ni tú elusiva-
Cálmale anda,
no hay rebeldía en la caricia,
ni codicioso es anhelarla.
Gírate plena, como él,
que adelante su siembra
mientras tú yaces no muerta
lunar sobre arenas blancas,
entreabierta la boca, los ojos...
preparada.

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Me dijo que nadie le había escrito un poema antes.
No se sonrojó, cosa que ya había previsto, y lo guardó primorosamente doblado en el bolsillo derecho de su bata, mientras me miraba fijamente, descarada y aséptica.
Y quién le habría escrito antes un poema, me pregunté, cuando la vi desaparecer por el pasillo, empujando el carrito metálico con el que repartía las bandejas de comida entre los desahuciados de la cuarta planta.
Qué culo de piedracarne, me dije. Qué andares de prima ballerina. Porque el culo que su hobby como monitora de aerobic le había formado era un milagro, un combate arcano entre anatomía y geología.
Conseguir follar con ella luego de mi villanía literaria no fue complicado. La complicación empezó cuando empezó a citarme en lugares extraños, como cuartos de basuras, almacenes de suministros, habitaciones vacías, camillas en los pasillos. Había creado un monstruo que poco a poco iba metiéndome en un juego atrevido.
Un médico no lo habría hecho mejor. Pero es que ningún médico podría haber logrado mi pericia, adquirida en mis años de juventud, en el pueblo, donde todo el monte era de Venus para un hijo de alcalde con los ojos verdes.

Así que cuando el jefe de guardia nos pilló follando en su oficina, le pedí que no dijera nada; aduje que yo la había incitado. Y era cierto.
Lo que no le dije fue lo del poema.

domingo, 12 de abril de 2009

ECLOSIÓN (presentado en certamen "viviencias" Ed. Oriola)

Salvaje orquídea gigante... Luminosa corola de amarillos rabiosos y rojo de sangre... Violentos pétalos de humo negro que oscurecen paisaje y sentidos engullendo destellos de una herida recién abierta.
Sordo estampido que, desde el suelo alejado, agolpa toda la intensidad de calor doliente en mi entrecejo ante la incredulidad de una estampa onírica...
Pero no es un mal sueño... Lo sabría... Podría, si lo fuera, despertarme cuando ya no soportara mi desazón de boca seca y respiración cortada... La escena, quizá alguna vez imaginada, se graba con la profusión de pequeños detalles que escaparían a la limitada percepción de una pesadilla.
El accidente es real... sin paliativos...
A mi amigo se le quebraron las alas cuando el Destino, en cruel sentencia, le escribió la palabra "muerte", en el punto justo y segundo exacto... para enmarcarlo con los elegidos...

jueves, 2 de abril de 2009

Tres misterios de la carne (híbrido eroticofestivaleropoético)

TIA MATERNA

No sé, no recuerda si llevaba perfume. En todo caso era el aroma natural que emana de la carne joven, limpia, sin la corrupción de la edad. Dieciocho años inalcanzables para mis siete apenas. ¿Puede un niño de siete años excitarse, sentir el delirio de la embriaguez entre la piel secreta de unos muslos?

Gabriel afirmaría que sí, que sí es posible. Sucedía cada vez que se sentaba en el suelo, a los pies del sofá, y ella entreabría sus piernas para atenazarle suavemente la cabeza entre sus rodillas y ensortijarse los dedos con los rizos de su pelo. Y musitaba boleros con una despreocupación de hembra que también lo excitaba:

Yo quiero ser un solo ser/y estar contigo/te quiero ver en el querer/para soñar.

Y yo cerraba los ojos. Para concentrarme en la sinfonía primigenia del ardor y aspirar como un lobezno la tibieza en la que se confundían el aroma de su piel ungida de crema Nivea con la lejana orina y el almizcle del sexo.

La marcada sensualidad de aquellos episodios inocentes fueron su primer aprendizaje sensorial. En adelante, cualquier encuentro tendría necesariamente que pasar la prueba de los aromas corporales, y la piel debería tener la misma consistencia firme, tibia y sedosa, tal como la recordarían para siempre sus mejillas.

EVA NEGRA

No era virgen cuando gozó su cuerpo por vez primera, aunque tampoco parecía experimentada. Y nadie habría podido afirmar que aquella mujercita pudiera concentrar entre sus muslos la fuerza animal de las fieras africanas.

Porque era menuda de cuerpo y de pechos pre núbiles. Porque era tímida, como no lo ocultaban sus ojos de animal asustado.

Porque él tenía entonces casi cuarenta años y ella no llegaba a veinte.
Fue a los pocos meses de conocerla cuando ella se transfiguró con una furia primitiva que lo dejaba agotado y lleno de arañazos.

-Heridas de guerra. Y satisfecho, en toda la plenitud de la palabra, y deseando al mismo tiempo renovar mis fuerzas para encontrarme nuevamente entre la noche angosta de sus caderas. Mientras la penetraba, ella se mordía casi ferozmente la carnosidad racial de sus labios hasta encontrar el sabor metálico de su propia sangre. Y cuando esto sucedía, cerraba los ojos, como queriéndose concentrar en ese ritual del placer que le llenaba la boca.

Aquellas relaciones salvajes los llevaron a experimentar cosas nuevas, como afeitarse el sexo mutuamente, o hacerlo bajo el agua en una suerte de apnea del sexo.

No parecía haber límites, ni los plantearon.


Hasta que me anunció que se marchaba a Kisumu para casarse como estipulaban sus padres. Y una tarde me amó por última vez con una lentitud desconocida, mientras una brisa marina vulneraba el peso de las cortinas para recorrernos delicadamente los cuerpos desfallecidos.

Si Eva fue negra, como afirman los científicos, debió ser así, como ella.


TÚ, ESTA NOCHE

Esta noche huele a lluvia y tengo mis suburbios invadidos por luciérnagas hermosas; las has traído con tu frente, convencida y cierta, mientras me palpas las entrañas con los ojos.
Yo quisiera desnudarte entonces, sin preámbulos ni besos, con la certeza del escultor que cincela en la piedra una delicada mano o una sonrisa leve.
Pero me detienes con tus labios, y me entretienes, traviesa, mientras te alzas y conviertes en la gacela vehemente intentando alcanzar, erguida, el tallo más tierno de la rama, y te demoras por mi pecho y por el tuyo yo asciendo al firmamento.
Tu bahía se abre de pronto con el fulgor de un rayo en medio de la alta noche. Y yo soy Ulises retornado a tu encuentro, cansado de mares y aventuras. Tenso el arco de la dicha y mi flecha parte en dos el más maduro fruto.

Esta noche llueve, lo sabía.
Y lloverá así toda la noche, mientras tú respiras de mi cuello, empapada de amor, dormida ya, mientras te sueño.

miércoles, 1 de abril de 2009

RULETA RUSA

Cerré la puerta despacio sin hacer ruido, colgado de una breve maleta vacía de bienes gananciales. Detrás dejaba, de espalda y olvidándolo a fuego lento, un suplicio de varios años.
Acorralado entre el precipicio abierto a mis pies y la oscura mazmorra al otro lado del callado portazo, di los primeros pasos de superviviente ante un itinerario nuevo de cabeza baja y pies arrastrados...
Recién jubilado, seguía vivo. Vivo y dolorido. Perplejo por el diseño de mi destrucción, calculada con la perversidad de que el tiempo jugase conmigo a rematarme disparando yo el arma.
¡Pobres niños!... Una jueza había decidido que se quedaran con aquella madre y que yo siguiera pagando...
Y en la oquedad de mi maltrecho cerebro, resonando insistente, como letanía susurrada, la letra de una copla de amargura y desamores:
"...nunca sabrá un hombre lo que gana
cuando pierde a una mujer como tú... "
Yo sí supe cuánto gané tras haberlo perdido todo... Mis hijos... Por ellos no me apreté el gatillo.