Ayer volví a ver por primera vez La noche del cazador. En esta ocasión mi antención se fijó especialmente en el efecto hipnótico que parece provocar el personaje de Robert Mitchum sobre la mujer (Shelley Winters) y la forma tan aterradora en que ésta acepta la tortura a la que el predicador la somete a ella y a sus hijos. Imbuida por el veneno de las palabras del protagonista, la mijer contempla y espera su muerte con una resignación sin nombre.
Esa misma tarde estuve debatiendo con amigos sobre las relaciones entre hombres y mujeres en el cine. Uno de los puntos calientes de la tertulia se refería a la influencia del cine en nuestros hábitos sociales. Había opiniones para todo. Tomando posición me afirmé en la idea de que la influencia del cine se limita a algunas modas y costumbres superfluas que no suponen un cambio transustancial en nuestra manera de ver el mundo. Después de todo, cuando salimos del cine, uno sigue tratande a los demás como ellos nos tratan a nosotros. "Siendo justos- les decía a mis amigos- el ser humano a penas a cambiado sus instintos desde que inventamos el fuego".
Hoy, en las noticias, vuelven a anunciar la muerte de otra mujer por violencia de género y yo no dejo de preguntarme en qué medida la película de Charles Laughton o cualquier otra ha influido en ese hombre que apuñaló a su mujer a sangre fría. ¿Crea el cine asesinos en potencia? ¿Tiene una simple escena la capacidad de transformarnos hasta ese punto? Es terrible, ¡terrible!, saber que la persona que se sienta a mi lado en la guagua o la que me seirve el plato en el restaurante puede tener las manos manchadas de sangre.
Sin embargo soy consciente de lo absurdo que resulta este pensamiento. Puede que en algunas películas de los años 50 se mostrase con cierta naturalidad la creencia de que el hombre "tenía derecho" de propinar una bofetada a una mujer para "hacerla entrar en razón" pero aquellos tiempos, por fortuna, has quedado obsoletos y la sociedad en la que vivimos ha cambiado en ese aspecto. Actualmente las películas reniegan de la violencia de género implícita o explícita y, si la muestran, lo hacen para ponernos en el lugar de la víctima y para mostrar la lacra que supone en la sociedad. Libros y películas como los de la saga Milenium se posicionan de una manera radical en contra de la violencia machista e imponen el prototipo de una mujer independiente, rebelde y poderosa.
No obstante, lejos de tranquilizarme, esta certeza provoca en mi una inquietud aún mayor. Si atendemos a las cifras, nos damos cuenta de que sigue habiendo el mismo número de maltratos que hace medio siglo, el mismo número de muertes, el mismo número de abusos. Es lógico pensar entonces que, ciertamente, las películas no modifican la esencia de las conductas humanas y que, en todo caso, el cine es un reflejo de la sociedad del momento, favoreciendo los roles admitidos como correctos y criticando aquellos que no lo son.
Triste nuestro mundo aún está plagado de predicadores asesinos y de esposas sumisas y nuestros instintos animales están demasiados arraigados como para ignorar nuestra bestialidad innata. El cine- el cine bueno, se entiende- puede ser una herramienta valiosísima para ilustrar el camino de la historia, la evolución de las modas y las costumbres sociales, pero, por otro lado, también nos recuerda que, en el fondo, seguimos siendo los mismos canallas.
Idafe Hernánadez Plata
martes, 1 de diciembre de 2009
La noche del cazador
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viernes, 27 de noviembre de 2009
Películas recomendadas
Esta es una lista de películas recomendadas por los alumnos del Curso de Creación 2009/2010, a propósito de su clase "la importancia de tener criterio"
Se realizó un coloquio sobre el tema "El cine y las realciones entre hombres y mujeres"
Revolutionary road
Los girasoles ciegos
Historias de Filadelfia
Beautifull girls
Guest who's coming to dinner
Conspiración de mujeres
Ariadna
No mires abajo
El secreto de sus ojos
Duelo al sol
Todo lo que necesitas es amor
Muerte en Venecia
Novecento
El jardinero fiel
Las amistades peligrosas
Rompiedo las Olas
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viernes, 16 de octubre de 2009
20 razones para no leer a Larsson
Luis Guardia organiza la parte floral de eventos sociales de todo tipo al frente de su negocio, La florería. En uno de ellos le pidieron una propuesta de regalo original para los invitados que asistían y se le ocurrió regalar mundos, o sea, libros. La idea era amontonar "20 razones para no leer Larsson", cuya trilogía parecía haber borrado del mapa el resto de la literatura. Le pidió una lista a su amiga Saro Díaz, periodista, pero sobre todo lectora irredenta, como él. Ahí van las 20 eclépticas razones de una lista improvisada.
- El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell (este tiene truco puesto que está integrado por los volúmenes Justine, Mountolive, Balthazar y Clea)
- El elogio de la sombra, de Tanizaki
- Un día perfecto, de Melania G. Mazzuco
- Una vida de gestos, de Chang-Rae Lee
- Caos Calmo, de Sancho Veronesi
- La extraña, de Sándor Márai
- El legado de la pérdida, de Kiran Desai
- White City, de Tim Lott
- Nunca me abandones, de Kasuo Ishiguro
- La cura Schopenhauer, de Irven D. Yalom
- La elegancia el erizo, de Muriel Barbery
- Metro, de Donato Ndongo
- Kafka en el orilla, de Haruki Murakami
- El arte del placer, de Galiarda Sapienza
- Villa Amalia, de Pascal Quignard
- Sobre la belleza, de Zadie Smith
- El diario de Edith, de Patricia Highsmith
- Ambigüedad, de Elliot Perlman
- Acción de gracias, de Richard Ford
- El mundo después del cumpleaños, de Lionel Shriver
Ahora os proponemos a vosotros que cojáis el testigo de Saro Díaz y dejéis también vuestras 20 razones, o lo que es lo mismo, vuestros 20 títulos recomendados.
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viernes, 15 de mayo de 2009
ROSA
Ustedes dirán que me falta un tornillo, o que soy un vicioso o un depravado.
Pero si Rosa me pidiera que me arrojase a la calle desde un balcón o desde lo alto de la azotea, lo haría sin dudarlo.
Por eso cuando me dice que no, que ya basta, que no somos niños, siento esta mezcla de rabia y desconsuelo; un sentimiento de injusticia, como si al despertar en un hospital descubriese que me han extirpado un riñón por error en lugar de cauterizarme un lunar.
Aunque no negaré que hay algo irracional en todo esto, Rosa es la esencia de mi felicidad o de mi tristeza, y no tengo más remedio que aceptarlo.
Nos criamos juntos desde los doce años, cuando mi padre y su madre se casaron en Santiago de Chile. Su madre era divorciada y la mía hacía cinco años que había muerto de un cáncer de útero. Siempre la he llamado mi hermana, aunque decir ‘no somos hermanos carnales’ se me hace insoportable.
Ahora no recuerdo bien si su cabello era más rubio cuando era niña o si tenía el aspecto rojizo que tiene ahora, pero la recuerdo muy tímida y delgada. Al principio la trataba como a la hermanastra incómoda que me habían impuesto, y procuraba evitarla. Me irritaba su apocamiento, esa forma de mirar al mundo como un perrillo asustado.
Pero descubrí quién era en realidad a los catorce años, una tarde en que nos quedamos solos. Había estado leyendo en mi cuarto y no sé por qué fui hasta la habitación de los viejos. Algún ruido me alertó, y me atrajo la puerta entreabierta por la que se escapaba una luz amortiguada. Tuve la precaución de caminar descalzo, procurando que no crujieran los tablones de madera. y
al asomarme vi a Rosa echada boca arriba sobre la cama, con los ojos cerrados. Llevaba puesto el camisón de satén de su madre y por el olor que salía de la habitación supe que había fumado; tenía su mano derecha hendida en la entrepierna, y el satén del camisón marcaba la curva de sus muslos, que parecían alargados como los de un insecto. Comenzó a mover la cintura rítmicamente, llevada por la marea de su propio placer, hasta abocar a una agitación que acabó en espasmos que la encorvaban. Después se quedó un rato sin moverse, con la palma de la mano izquierda sobre la frente. Al rato se incorporó, con las piernas cruzadas sobre la cama, y bebió a sorbos de una botella de Coca Cola fría que sudaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche.
Aquella imagen me provocó una embriaguez desconocida que me hizo tragar saliva; y sentir la rebelión de mi incipiente hombría creciéndome bajo la bragueta, junto a la urgencia animal por mitigarla. Sólo después comprendí que aquella fue mi primera excitación sexual frente a una mujer.
Desde ese día aquello se convirtió en una costumbre que se enraizó como la mala hierba. Yo la espiaba mientras se masturbaba y luego salía corriendo a masturbarme yo.
Tenía quince años cuando me llamó por primera vez. Abrió los ojos y me llamó a su lado, con la mano, como si yo fuera un camarero. -Ven, -me dijo, sin circunloquios, sin darme explicaciones ni pedirlas-.
Tuve la impresión de que siempre había sabido que yo era el testigo de su sexo solitario. Así que fui hasta ella con la sensación de caer en una trampa, y me tumbé en la cama, entre dócil y excitado. Sentí el mismo olor untuoso de piel perfumada que había en mi madrastra, pero me excitó más el sabor mezclado con nicotina de su saliva y la textura contráctil de su lengua.
No me atreví a penetrarla hasta varias semanas más tarde, en su cuarto.
Rosa nunca ha logrado quedarse embarazada, sé que no es fértil. Se casó una vez y ha vivido con otros hombres después de su divorcio, y mientras está con otro hombre no me busca. Pero sus relaciones son siempre breves y traumáticas. Al final, soy su tabla de salvación y se aferra a mí sin preguntarme si quiero volver a la rutina que me marcan sus fracasos.
Así que siempre terminamos acostándonos otra vez, hasta que el peso de la culpa nos hace buscar una salida y volvemos a pelearnos por razones absurdas. Alguna vez le dije que no volviera, pero ella se abraza a mí y llora.
Y cuando creo que esta vez se va a quedar, cuando finalmente creo que podemos encauzar nuestras vidas asumiendo que somos una pareja, ella se inventa una excusa. Sé que en esos casos hay otro hombre esperándola, y sé que lo hace para alejarse de mí.
Hoy me pidió que le diera un hijo, que fuéramos juntos a una clínica de fertilización. Cuando le dije que no, que nuestros padres no lo aceptarían, se ha marchado.
Juró que no volvería, pero estoy seguro de que volverá para pedirme de nuevo que vayamos a la clínica. Y yo aceptaré.
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miércoles, 13 de mayo de 2009
Antonio Vega
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domingo, 12 de abril de 2009
ECLOSIÓN (presentado en certamen "viviencias" Ed. Oriola)
Salvaje orquídea gigante... Luminosa corola de amarillos rabiosos y rojo de sangre... Violentos pétalos de humo negro que oscurecen paisaje y sentidos engullendo destellos de una herida recién abierta.
Sordo estampido que, desde el suelo alejado, agolpa toda la intensidad de calor doliente en mi entrecejo ante la incredulidad de una estampa onírica...
Pero no es un mal sueño... Lo sabría... Podría, si lo fuera, despertarme cuando ya no soportara mi desazón de boca seca y respiración cortada... La escena, quizá alguna vez imaginada, se graba con la profusión de pequeños detalles que escaparían a la limitada percepción de una pesadilla.
El accidente es real... sin paliativos...
A mi amigo se le quebraron las alas cuando el Destino, en cruel sentencia, le escribió la palabra "muerte", en el punto justo y segundo exacto... para enmarcarlo con los elegidos...
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miércoles, 1 de abril de 2009
RULETA RUSA
Cerré la puerta despacio sin hacer ruido, colgado de una breve maleta vacía de bienes gananciales. Detrás dejaba, de espalda y olvidándolo a fuego lento, un suplicio de varios años.
Acorralado entre el precipicio abierto a mis pies y la oscura mazmorra al otro lado del callado portazo, di los primeros pasos de superviviente ante un itinerario nuevo de cabeza baja y pies arrastrados...
Recién jubilado, seguía vivo. Vivo y dolorido. Perplejo por el diseño de mi destrucción, calculada con la perversidad de que el tiempo jugase conmigo a rematarme disparando yo el arma.
¡Pobres niños!... Una jueza había decidido que se quedaran con aquella madre y que yo siguiera pagando...
Y en la oquedad de mi maltrecho cerebro, resonando insistente, como letanía susurrada, la letra de una copla de amargura y desamores:
"...nunca sabrá un hombre lo que gana
cuando pierde a una mujer como tú... "
Yo sí supe cuánto gané tras haberlo perdido todo... Mis hijos... Por ellos no me apreté el gatillo.
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bonzo
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